Todos contra el árbitro FIFA endógeno

 

 

En el terreno de mi casa, un espacio con una dimensión de 4 x 8 aproximadamente, hacíamos un torneo de futbolín cada dos o tres meses, dependiendo de nuestra capacidad organizativa. El torneo se paralizaba por alguna razón, si mi papá llegaba y apostaba su carro allí por días, cosa que con escaza frecuencia ocurría, o si a los otros compañeros su papá se los llevaba a trabajar en el campo. Ese último problema no era el nuestro, porque como nuestro papá no se dedicó a la agricultura, no teníamos esa tarea como los otros vecinos, con quienes armábamos equipos, rivalidades etc.

 

El torneo, que una vez osamos en llamarlo El Mundial, por un lado inspirados por el recién culminado México 86 y también porque hicimos tarjetas de invitación para otros amigos mas allá de La Placita, constaba de tres o cuatro equipos, de 2 o  3 jugadores. Esa connotación de mundial también llegó porque Lesme, el narrador, llegó con la idea de colocarles a los árbitros un parche que dijera FIFA. ¿Árbitros?, se me había pasado, si, árbitros, vestidos de negro como lo indicaba el manual de la época – aunque en la franela hubiera una figura de Mickey Mouse o cualquier otro distintivo. También teníamos dos banderines que le sacaron la piedra mi mamá porque por un lado dañamos un fieltro rojo de la mesa de planchar para hacer las banderas, y por otro lado tomamos para nosotros dos palos circulares, esos que llevan los ganchos de colgar ropa generalmente usado para el descanso de los pantalones. Después mi papá se preguntaba por qué carajo se le arrugaban tanto los pantalones cuando estaban colgados y es que nos dimos a la tarea de cambiarlos a aquellos ganchos que no tenían el palito que luego usamos para el banderín.

 

Ya que dios no le dio talento para jugar en esa canchita y además sobresalía por edad 2 o 3 años más que el resto, a Morocho o como también le llamaban Ojitos, porque su miopía lo había castigado con sus enoooormes lentes,  se le asignaba el cargo de comentarista o en caso de que no prestaran el micrófono, acudía como árbitro principal. El banderín o linier, se escogía al momento del  partido, en algunos casos el suplente de uno de los equipos hacía parte  del trio de árbitros.

 

No sé si era el partido inaugural, pero el marco era espectacular. Teníamos el narrador, con un alta voz de esos que usaban para los eventos del pueblo. Chico quien generalmente animaba ese tipo de los eventos y hermano mayor  de Lesme, nuestro narrador, se los había prestado. No tanto eso, se tomó la molestia de ir a nuestra casa a sacar un cable de la “brequera” -o como se escriba-  tendió un cable de unos 50 metros y dejó instalado el sonido. Aun no le dimos las gracias, pero luego de que Chico puso la misma canción que estaban usando para las Olimpiadas de Seúl 1988 se nos olvidaron los modales y nos transportamos a la élite del concierto mundial. La Avenida Miranda, donde aún yace nuestra casa materna,  estaba llena de carros. Por ser un garaje, la división entre la calle y el terreno estaba conformada por una cerca de alambre, así que aunque pensamos cobrar algún tipo de entrada, teníamos muchos mirones y nuestra mejor decisión para recabar dinero  para el compartir de clausura fue un pote de colaboración. Si bien dentro del garaje habíamos habilitado unas bancas que hacían una especie de tribuna, la cerca estaba repleta de gente que veía el juego. No sé si era de buena o mala calidad darle patadas a una pelota sobre un terreno empedrado, pero la gente se lo vacilaba.

 

Agarramos cartulina amarilla, recortamos las iniciales FIFA y se los pegamos en la parte trasera de dos suéteres escolares de mi hermano y yo, que generalmente usábamos ropa parecida. Aunque la rabieta de mi mamá no fue normal, por haber llenado los suéteres escolares con pega blanca, creo que el primer árbitro FIFA de Venezuela estuvo en mi casa. Ojitos, optó por ser árbitro con tarjetas y todo.  Dentro de su interior prefería llamar la atención mas como árbitro que como comentarista. El partido arrancó 1-0, 2-0 no recuerdo. Pero ni unos ni los otros estábamos contentos con el arbitraje, el miedo escénico hizo mella en los nervios  y se le fue enredando el partido. Por allá iba uno del otro equipo corriendo a la meta, a punta de llenarse de gloria, de que Lesme gritara el gol, de que su nombre sonara en esa multitud de algunas 80 o 100 personas, de que su orgullo de futbolista se elevara al mejor estilo arropado por la canción de Seúl 1988. Yo iba detrás del jugador, pero con poco chance de quitarle su buena fortuna, y si no era yo ¿Quién más podía detener ese inminente gol? Pero justo en ese momento suena el pitazo de Ojitos. El juego se detiene, todos nos miramos, no permitíamos el OfSay (Off Side) y los jugadores del otro equipo demandan una explicación a la sentencia arbitral, “disculpe se me salió un chiflio”(sonido producido por el pito) fue única explicación de Ojitos.

 

El rival y nosotros, Atlético como se llamaba mi equipo, nos convertimos en un uno solo. El narrador se empezó a reír, la gente empezó a chiflar al popular Ojitos y los jugadores pedimos cambio de árbitro. Les confieso que no era la primera vez que increpábamos al árbitro, pero si era la primera en la que los dos equipos implorábamos en conjunto. Armamos un círculo alrededor de Ojitos pidiéndole el pito, otros se sumaron a pescar el río revuelto y pedían ser los árbitros. Ojitos se negaba, nos sacaba la madre, iba de un lado a otro, pero estaba acorralado, en una especie de burbuja de la cual no podía salir ni por un lado ni por el otro. Finalmente tiró el pito para el lado de abajo, donde el monte se encarga de ocultar hasta los mismos balones y se fue molesto. El juego siguió, pero con otro árbitro silvando al mejor estilo Rafa Santana, colocando sus dedos en la boca y produciendo sonidos de manera natural.

 

@jesusalfredosp

 

 

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