Adiós a la leyenda del 10

 

Diego Armando Maradona, el hombre, ha fallecido este miércoles 25 de noviembre, y con él se va una leyenda, la del «10», quien vivió el fútbol muy a su manera, logrando cosas impresionantes y siendo un verdadero genio con la pelota, aunque su espléndida figura dentro de la cancha se viera ensombrecida con sus actos fuera de ella, lo cual no opaca su historia deportiva, que fue grandiosa para los argentinos y admirada por el resto del mundo.

 

Nacido en Lanús el 30 de octubre de 1960, debutó como profesional a diez días de cumplir los 16 años el 20 de octubre de 1976, vistiendo los colores de Argentino Juniors. Ese día, según sus propias palabras, tocó el cielo con las manos, el «Pibe de Oro» comenzaba a escribir una historia grandiosa en el fútbol, que lo llevó a ser «ídolo» de chicos y los no tanto, pasando por Boca Juniors, el FC Barcelona y Sevilla en España, Nápoles en Italia, regresando a suelo argentino para jugar con Newell’s Old Boys y retirarse en 1997 (21 años después) en el club de sus amores, el xeneize, logrando nueve títulos (liga argentina, Copa del Rey, Copa de la Liga de España, Supercopa de España, dos Serie A, Copa y Supercopa de Italia y una Copa de la UEFA, ahora conocida como Europa League).

 

Con la selección argentina debutó en 1977 con la Sub 20, consagrándose campeón del mundo dos años después en esa categoría, siendo figura al marcar seis goles y dar tres asistencias. En la absoluta tuvo su participación en los mundiales de España 1982, México 86, donde fue campeón (anotando cinco goles y dando cinco asistencias), Italia 90 (subcampeón) y Estados Unidos 94, donde salió por la puerta de atrás, al dar positivo en una prueba antidoping tras el partido de cierre de grupos contra Nigeria, donde marcó su último gol con la albiceleste, pues fue suspendido por FIFA por quince meses y luego no volvió a vestir esa camiseta.

 

Fueron 724 partidos los que disputó entre clubes y selección, marcando 358 goles, una media de 0,50 tantos por partidos, aportando además 257 asistencias, por lo que estuvo en relación directa con el gol en 615 oportunidades, representando un promedio de 0,85 por duelo. En once ocasiones logró hattrick y en dos alcanzó el «poker» de goles. Esto le permitió ser galardonado muchas veces, siendo el «Capocannoniere» de Italia en la temporada 87-88, recibiendo el «Balón de Oro» del Mundial 86 y el «Balón de Oro Honorífico» por France Football en reconocimiento a su carrera en 1995. El estadio ubicado en La Paternal ya tenía su nombre y según leí ayer, lo contarán en Nápoles colocándole también Diego Armando Maradona, como reconocimiento a lo que hizo en el club, al que lo llevó a ganar el scudeto italiano dos veces.

 

Como entrenador tuvo una carrera corta en cuanto a años de servicio, y la misma no fue tan fructífera como la que tuvo como jugador. Desde 1995, cuando, mientras estaba suspendido como futbolista pudo dirigir, hasta el día de su fallecimiento, cumplió ese rol, estando en el banquillo del Mandiyú, Racing Club, Al Wasl, Al Fujairah, Dorados de Sinaloa y Gimnasia y Esgrima La Plata, dirigiendo 140 partidos, de los que ganó 67, empató 31 y perdió 42, representando un 55% de productividad, sin lograr ningún título.

 

Fue en un club tan grande como el Barça donde según algunos escritos y opinión propia del futbolista, comenzaba su adicción a las sustancias sicotrópicas que le fueron sacando del fútbol mucho antes de lo esperado. «¿Sabes qué jugador hubiese sido yo si no hubiese tomado cocaína? ¡Qué jugador nos perdimos! Hubiese sido mucho más de lo que soy», dijo el Diego en una entrevista hace un año, y no pudo estar más sobrio en sus palabras, porque a diferencia de algunos deportistas que usan sustancias prohibidas para mejorar sus condiciones físicas, él lo hizo para destruirse y tirar por la borda su talento, que si bien logró mucho, pudo haber dejado un legado más grande.

 

El Diego que muchos amaban e idolatraban y el Maradona que otros odiaban y repudiaban fueron una mezcla de esa personalidad irreverente, conflictiva, sin pelos en la lengua que no tuvo temor para decir las cosas e incluso ser uno de los más grandes críticos de la FIFA, a la que le llegó incluso a declarar la guerra. Fue un hombre que tuvo que luchar contra sus demonios internos, que además de su adicción por la que se internó en ocasiones para rehabilitarse pero que no lograba manejar como la pecosa, su entorno no le ayudó tampoco, tal como quedaba reflejado hace algunos meses, cuando fue publicado un vídeo privado suyo donde hacía el ridículo publicamente y se mostraba con una imagen deplorable, que para consumo propio puede ser aceptado, pero por representar lo que él significaba para el mundo no debió jamás salir de esas paredes dónde se encontraban. Esas mismas personas que le solapaban las cosas negativas en su vida no contribuyeron en que su imagen de «super héroe» como reconocen hoy muchos futbolistas y deportistas argentinos, se mantuviera intacta, sino que cada vez se viera más manchada.

 

La tarde de este miércoles en mi tierra natal, donde se disputaba un torneo amistoso de fútbol en cuyo partido se encontraba un grupo de chicos entre los 15 y 17 años y yo era el árbitro, se me acercaron y me pidieron que por favor se diera un minuto de silencio en memoria de Maradona, lo cual no solo acepté, sino que se convirtió en un minuto de aplausos. Eso lo generó el futbolista, el que está considerado entre los mejores de la historia, el que puede jactarse de haber ganado casi solo un mundial, con algo de picardía por no decir trampa con su famosa «mano de Dios», pero también con una joya de gol, donde dejó regado a cuántos rivales ingleses se le atravesaron desde la media cancha hasta el arco contrario, el que hasta el día de hoy dicen que se puede sentar en la mesa junto a Pelé y discutirle el trono de rey del fútbol, ahora con otro paisano como Lionel Messi, al que dirigió y reconoció estar a su altura, muy a pesar que en ocasiones se contradecía y le pedía más amor por el sentimiento nacional.

En Venezuela los sentimientos encontrados son más grandes, al estar ligado en muchas oportunidades con el gobierno y su declarado apoyo a la izquierda. Esto ha cegado a muchos que hoy en día expresan su rencor y desconocimiento de su excelsa figura deportiva, quizás con razón por cómo estamos viviendo estos tiempos tan difíciles en el país, pero más allá de juzgar sus inclinaciones políticas, no se puede olvidar lo que hizo con su dorada pierna zurda, la que dejó a muchos con la cintura quebrada y la que deslumbró al universo, poniendo de pie hasta a los más grandes deportistas de otras disciplinas, que hoy lloran su partida.

 

Deja un legado grande, por dónde se quiera ver. El positivo que quisiera todo «pibe» seguir y convertirse en un futbolista tan grande como el Diego, y el negativo, el que le dice a los jóvenes que si desean destacarse en el deporte, indistintamente del que practiquen, deben alejarse de las drogas si no quieren que sus carreras sean tan cortas como la de Maradona. Tristemente y guste o no se debe reconocer que será uno de los más grandes del deporte, tanto para los que tuvimos el honor de verle jugar, como los que ni siquiera han visto un vídeo suyo, pero que conscientes a lo que han escuchado saben lo que representó y representará para el fútbol.

 

Hoy despiden al «10», Miles de argentinos se han trasladado hasta Casa Rosadas, sede del poder ejecutivo de ese país, que fue dispuesta por el mismo presidente de Argentina para que sus seguidores le puedan dar el último adiós, pese a las restricciones por el Covid-19. En el mismo lugar donde le rindieron también tributo a otro icono del deporte, el quíntuple campeón mundial de automovilismo en la Fórmula 1, Juan Manuel Fangio.

 

Adiós «Pulusa», ahora el mundo te recordará siempre, como el futbolista extraordinario, el que no fue un Dios como el mismo reconoció en una oportunidad, pero si le dió gracias a Dios por haberle permitido lograr tantas cosas, donde pasó de la pobreza en su niñez a una vida de excesos, de lujos, pero también de problemas y de riesgos que lo llevaron a despedirse quizás más temprano de lo esperado. El fútbol no murió porque falleció Maradona, porque no está muerto quien sigue vivo en el corazón de los que diariamente lo recordarán y en cada partido, en cada aplauso, en cada regate de un chico que se inspire en lo que él hizo como futbolista, ahí estará el Diego presente.