“Mi fútbol está bien”

 

En los últimos días del año, Twitterzuela se llenó de la dinámica “Mi hijo/a está bien”, seguido de algún comentario en forma de crítica o reproche, al estilo de: “señora su hijo cree aún en tal cosa” o “señora su hijo se la pasa haciendo aquello”. La creatividad criolla en todo su esplendor para sacar una sonrisa mientras languidece un 2020 inolvidable y macabro. En esta columna nos unimos a esa ola y por eso titulamos: “Mi fútbol está bien”. Y es que los futboleros sentimos, en mayor o menor medida, el balompié criollo como un familiar, pero como buenos caribeños también nos tomamos todo de forma muy tropical.

 

“El fútbol es un fenómeno exageradamente humano, por lo tanto, todo lo que nos ocurra a nosotros luego de esta crisis le ocurrirá al fútbol”, comentó Jorge Valdano, campeón del mundo con Argentina (1986) y ex entrenador del Real Madrid, en el podcast del Washington Post. Si lo llevamos a Venezuela, en donde las crisis se apilan una encima de otra, como las hallacas en los congeladores, de los que han logrado surfear la recesión económica más fuerte de la historia de Latinoamérica, es imposible que la pelota no impregne del aroma de los problemas.

 

Los jugadores, aquellos encargados de obrar el “milagro de la fascinación”, como dice Valdano, se ven forzados a hacer las maletas. No es un éxodo promovido solo por el poder de las transmisiones televisivas, el bajo costo de mercado del criollo con respecto al uruguayo o colombiano, para no hablar de los híper publicitados argentinos y brasileños, de que el pasaporte pesa menos de la época de Juan Arango para acá, o que luego del Mundial de Corea del Sur 2017 todos quieren pescar al nuevo Yeferson Soteldo. También salen para buscar un club que pague el sueldo al día, que no es una práctica tan frecuente, porque Alexander González acaba de vivir una mala experiencia en Rumania con el Dinamo de Bucarest. Sí, en la impoluta Europa. Otro punto es que ese salario sea competitivo, que en la tierra de Bolívar cada vez lo es menos.

 

En Venezuela se vive una hiperinflación desde hace tres años (la tercera más larga de la historia) y siete años de contracción económica. No existe estructura de costos y los consumidores somos las víctimas, explican economistas como Asdrúbal Oliveros (@aoliveros). De eso no se salva el futbolista, que tiene que lidiar con retrasos en sus pagos, muchos antes de la COVID-19. La mayoría de los problemas eran previos a la pandemia, la cual será la excusa preferida de varios para escudarse de todas las malas prácticas que se arrastraban desde hace años. El rey estaba desnudo y el virus fue el niño que lo gritó a todo pulmón.

 

Pero ese jugador tiene una familia que le toca lidiar con la escasez de gas y agua, aunado a los constantes cortes de luz. A la falta de Internet, mientras su hijo ve clases por el teléfono. Eso dentro de su casa, pero para ir al entrenamiento le toca madrugar y hacer una cola de gasolina. Insistimos, no hay burbuja que lo salve de la crisis. Cuando había traslados en 2019 y que se retomarán en 2021, ya que el formato del Torneo Normalización fue muy costoso, las carreteras venezolanas son lo más parecido a Mad Max, con caminos sinuosos llenos de huecos y con los amigos de lo ajeno al acecho. Lo sufrió en su momento Trujillanos, por allá en 2016. Las condiciones han mejorado con escoltas policiales, pero el peligro sigue latente.

 

Todas estas dificultades promueven una migración casi forzosa de los jugadores, que prefieren jugar la segunda división de un país afiliado a la Concacaf antes que jugar en la categoría de oro de su fútbol. Una decisión más que entendible, sensata. “Parece de Perogrullo, pero hay que invertir”, soltó Laureano González, en la presentación de Martín Carrillo para la Vinotinto sub-20, sobre el estado financiero de la FVF. Estuvo en duda la participación en el Premundial y no por la ausencia de ingreso por taquilla, al cual definió como “insignificante”, sino por el costo de la movilización. Todo gasto es un dolor de cabeza y lo que parece una obviedad pasa a ser una proeza. El país está quebrado, su fútbol también.

 

Eso golpeó al profesional, pero revolcó al fútbol menor como una ola gigante, ya que muchos estrategas de esa categoría, como los del femenino, que están en el dique seco desde marzo y sin ningún anuncio de la que la situación tenga un plazo definido para retomar la actividad. ¿El personal administrativo? Muchos, entre ellos varios colegas periodistas, se quedaron el 24 diciembre esperando la llegada del Niño Jesús y su pago, atrasado de varios meses. Esto solo va a generar una espantada del personal calificado. Mientras el fútbol nacional sea similar a una pasantía, donde parece que la cancelación del salario es opcional, que más que un trabajo es una suerte de hobby, la rotación de personal no va a parar y el tránsito de egresos e ingresos será similar al del metro de Plaza Venezuela en hora pico (prepandemia).

 

Hay una infinidad de estudiantes de Comunicación Social, algunos que ni han ingresado a la universidad, que hacen un gran trabajo. Pero como en toda estructura necesita de experiencia. Nadie de 35 años con esposa e hijos se va a arriesgar a trabajar en una institución que te puede deber más de cuatro meses y su sueldo no es de un jugador profesional, sino mucho menos competitivo con el mercado laboral de otros rubros ¿Resultado? Un fútbol menos profesional y un producto cada vez más difícil de vender.

 

En los momentos de frustración provoca mandar todo al demonio y citar a Charly García: “Si ellos son la patria, yo soy extranjero”. Pero luego vuelve la calma. Capaz la pasión sirve de analgésico a la razón ante tanto desorden. Le robo una frase al escritor Daniel Centeno en donde puede estar la solución: “¿Acaso Venezuela no es un país dejado en manos del azar? Nunca escribí pensando en la degradación del país, aunque hay gente que ha tenido esa lectura. Venezuela siempre ha estado atada al azar, incluso políticamente”. Esto que le dijo el periodista a Hugo Prieto, del medio Prodavinci, puede ser la solución. ¿Y si dejamos la improvisación?

 

De nada sirve aferrarse a un pasado esplendoroso, que cada punto que sube el dólar alimenta la creencia de que “todo tiempo pasado fue mejor” y nubla un futuro promisorio. Ese porvenir se construye hoy, con pandemia mediante. “La presión internacional no obligó a un cambio político en Venezuela, pero ha obligado a un cambio económico”, aseguró Alberto Vollmer, presidente de Ron Santa Teresa, para la BBC.  Capaz no es la modificación que todos deseamos, ese intento de ser una Chinazuela, ese cambio de una economía planificada a una de mercado. Pero es la realidad que se tiene.

 

Un cambio económico significa el regreso de la publicidad y del poder adquisitivo de un grupo de venezolanos. La necesidad de buscar patrocinantes y vender entradas tendrán sentido, pero eso no se busca mañana. Se construye antes de que llegue. Si hoy la excusa es la pandemia, mañana no puede ser que el cambio los tomó por sorpresa. La apuesta debe ser al futuro, que fuera de Venezuela es el presente: más digital y menos analógico. Las redes sociales como punta de lanza. Que nadie diga que los agarró por sorpresa o que les metieron un gol de otro partido. Las señales están a la vista para que el fútbol nacional sea un producto rentable y no un chiste cruel, que genera una oleada de comentarios negativos en redes sociales. Basta de argumentos chovinistas y de señalar solo a los directivos/dueños/federativos (que aglutinan las mayores responsabilidades). El país y el fútbol que queremos se levantan desde hoy y entre todos.