El cuento de Mineros…
“Por la Vuelta”, es el título de un tango de Enrique Cadícamo, interpretado bolero por nuestro Felipe Pirela. Una estrofa dice, “La historia vuelve a repetirse…”, frase que viene al dedillo a lo que acaba de acontecer con Richard Páez, como en el último lustro ocurrió con José Hernández, Manuel Plasencia y Carlitos Maldonado.
Todo este capítulo final del periplo de Páez en tierras guayanesas, este bolero que ha desplazado el calipso hace rato en el espeso ambiente negriazul, no es más que la reiteración de una historia siniestra, que suma entre sus víctimas a técnicos, jugadores, kinesiólogos, utileros y hasta periodistas, yo uno de ellos.
Pero, abordemos este asunto, sin ánimos personalistas, que afortunadamente el fútbol, como la vida, reivindica a los justos. Siempre hay un tiempo de callar y saber esperar. Porque este equipo, que debería ser la alegría de un pueblo noble, el resonar de tambores, el estruendo, “el corazón de Guayana bailando al son de una sola fiesta”, como extasiado describiría el colega Ángel Fernández la grandeza de su único gran logro en la Liga 88-89, se volvió a reiterar en un muro de los lamentos.
Metáfora a un lado de aquella épica jornada, Mineros no ha podido desde entonces conjugar inversión y resultados por razones más profundas que las que subyacen en la superficie. Un equipo que en los últimos años, como nunca antes, desbordó todas las previsiones económicas, para apuntar a la conquista a cómo a diera lugar del máximo galardón del fútbol nacional. Todo por una segunda estrella que supuestamente obraría como la gran fachada y consuelo divino para quienes llegaron a vender humo y proyectos inmediatistas.
Una pretensión que desdeñó del talento propio y que convirtió en quimera la reencarnación de los Stalin, Samuel, Parra, Freites, Cheo Gómez, Yantis, William González, Pedro Hernández, “Cari Cari” Noriega y pare de contar. Un equipo que no volvió a tener esos referentes de la malicia, la picardía, el atrevimiento y la fibra. Una práctica que demolió a un ejército de muchachos que hicieron de relleno para cumplir como norma juvenil y los desechó, o prestó o vendió, “porque estamos exportando a manos llenas”.
Vale decir, lo intentaron Hernández y Plasencia y pagaron rápido su “error” de buscar en la simiente la identidad de un fútbol que desparramó a sus talentos por toda la hacienda nacional. “! Aquí hay que ser campeones ya!”, les enrostraron. En ese cuento pasó más de un cuarto de siglo en el que conquistas menores no han podido llenar ese hondo vacío en el pecho de la afición.
Equipos peregrinos, armados con rimbombancias antes que con jugadores utilitarios, que se adaptaran a esta región, a su clima, a su humedad, a jugar a las 4 de la tarde sin que se estuvieran muriendo; jugadores que llegaron aquí a recuperarse de lesiones y traumas y después se marcharon y llegaron a alcanzar el cielo en el siguiente equipo. Tantas historias de este cuento interminable…
Un título, que muy cerca estuvo con Richard Páez, no va a enderezar todos los entuertos ni a va a resarcir la milmillonaria apuesta con la que se pudo haber edificado la mayor sede social y deportiva de equipo venezolano alguno. ¡Y a tirar jugadores para arriba y a sumar campeonatos, señores!
Esa búsqueda obsesiva, enfermiza, ha privado a Mineros de mirarse asimismo, de emprender una verdadera cruzada por rescatar el orgullo del jugador guayanés, de apuntar certero en las contrataciones, aprovechando ese generoso maná oficial que nunca tuvo a su disposición ninguna gerencia del equipo en su trayectoria.
Es “¡MINEROS…MINEROS! Se queda el grito grabado en las rocas prehistóricas. En el recuerdo de los niños. En la memoria total de los que se fueron y de los que vendrán. Mineros…La otra leyenda de Guayana”, vibraba Fernández, en la Nota del Color de aquella tarde lejana en el Polideportivo Venalum…
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