Los mecenas y los huérfanos de las gradas

 

“No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie”, escribió el uruguayo Eduardo Galeano en su libro “El fútbol a sol y sombra”. La pandemia privó a los aficionados de poder disfrutar del espectáculo que este deporte ofrece en  las gradas. Solo quedaron los trapos y los sonidos enlatados de un aliento que es coordinado por un operador. Las nuevas cepas han castigado a Europa y muchos de los países que permitieron el aforo han tenido que recular. En Venezuela se usará la excusa de la Covid-19 para justificar errores arrastrados del pasado y venderlos como nuevos. Pero aquí el fanático –salvo con la Vinotinto– ya era un huérfano en las gradas.

En la última década surgió un auge de jóvenes empresarios que decidieron invertir sus capitales en el fútbol nacional. Una movida arriesgada y que de entrada se les puede agradecer, pero solo si ven los clubes como una empresa y no como un juguete. La llegada de esos fondos independizó a varios clubes de sus lazos con las gobernaciones estadales. En Argentina o Chile puedes llegar a la Casa Rosada o al Palacio de la Moneda mediante el fútbol, los ejemplos están en Mauricio Macri (Boca Juniors) o Sebastián Piñera (Colo Colo). Pero en este país el gasto dependía del nivel de fanatismo del alcalde o gobernador de turno, porque una buena gestión en fútbol no asegura ningún cargo público. En caso de ser un político afín a estos temas el equipo podía ganar títulos, pero el día de su salida el club pasaba al olvido. Para muestra los casos de Unión Atlético Maracaibo y Deportivo Anzoátegui, en otrora campeones y hoy en día solo recuerdos. Por eso el sector privado era una promesa de mayor sostenibilidad.

¿Su mercado a atacar? Los futboleros nacidos en la tierra de Bolívar y los que se les pudiese adherir. La afición hizo clic con la selección nacional en el “Boom Vinotinto”, un vínculo sostenido en el tiempo y que no ha parado de crecer. Pero con los clubes del patio no se generó esa conexión. Si bien los equipos andinos suelen contar con un gran número de feligreses y hay casos como el del Caracas FC que supo mezclar títulos y buenos resultados continentales junto a la mejor campaña de mercadeo en balompié criollo hasta el sol de hoy, el celebérrimo: “Siéntete Grande”.  El problema es que pasó el tiempo, la economía entró en la peor crisis de Latinoamérica y los últimos coletazos de los altos precios del petróleo no se aprovecharon.

En principio episodios de violencia pudieron alejar a las familias de los estadios (los estadios no se llenan solo con las barras bravas, que, si bien ponen el color con sus cantos, en ninguna parte del mundo). También el éxodo de casi seis millones de venezolano pudo mermar la asistencia. La necesidad de decidir entre llenar la nevera e ir al estadio era un dilema con respuesta sencilla. El amor con hambre no dura. Pero pocas veces se hicieron campañas de mercadeo para acercar a esos hinchas. Comprar la camiseta de un club puede ser una odisea. Los estadios de la Copa América solo reciben un cariñito cuando el equipo que hace vida en él va a disputar una competición internacional, de resto entre gobierno y clubes juegan a “la papa se quema” con esas responsabilidades.

Si bien Venezuela es un país beisbolero por tradición, el fútbol se consume desde hace muchos años. Bien lo explicó Vicente Suanno, exjugador y gerente general del Deportivo La Guaira, que hay un gran número de aficionados a los grandes clubes de Europa como Barcelona o Real Madrid. Personas que ven mucho fútbol a lo largo del mes, pero el reto es captarlos para que también disfruten del producto nacional. Sin embargo, el presidencialismo de muchos dueños no le suele dar rienda suelta a sus departamentos de comunicaciones y mercadeo. También parecen dar la sensación de que la opacidad es su aliado. Mientras menos se hable, menos ruido, lo que significa menos investigaciones en torno a las caras visibles del organigrama, por ende, tranquilidad. Más de uno ha alardeado mucho y a los meses portales como Armando Info les han dedicado unas letras.

El hincha ya no solo sufre el desinterés de los jerarcas de los clubes, sino que padecen el vacío comunicacional (crisis en los medios combinado al hermetismo institucional) alrededor esos colores que lo apasionan y que algunos han tatuado en su piel. Un grupo no es muy amplio, pero que ha demostrado una fidelidad absoluta. Ni Forrest Gump le perdonó tantos desplantes Jenny Curran, como el aficionado al balompié nacional a los desmanes frecuentes. Pero es un grupo que no crece, a veces parece una secta. No hay interés en hacerlos proliferar. Muchas hinchadas han cantado: “Mi pasión no es tu negocio”. La triste realidad a nivel mundial es que ese amor a la pelota es la manera de generar ingresos de muchos empresarios. Pero aquí, al parecer, no les interesa buscar rentabilidad en el hincha.

En España se desgarran las vestiduras y apuntan sus fusiles contra Javier Tebas, presidente de LaLiga, por apostar todo a los derechos de televisión. «La razón fundamental radica en que LaLiga abandonó a los aficionados, que son los que hacen que el fútbol tenga sentido. Si te olvidas de ellos y te centras solo en el dinero, el desarraigo está garantizado. Era algo que se venía venir, y lo aceleró la aparición del coronavirus», explicó Augusto César Lendoiro, ex presidente del Deportivo de La Coruña, para el medio español El Confidencial en un trabajo que se titulaba: “¿Te ha dejado de interesar el fútbol? Ni eres el único, ni toda la culpa es de la pandemia”. Pero en Venezuela son los clubes los que le pagan a la televisión para que les transmitan.

Lo lógico sería que buscarán la manera de capitalizar al hincha. Si bien los ingresos por boletería son insignificantes hasta para la selección nacional, explicado por Laureano González en la presentación de Martín Carrillo como seleccionador nacional sub-20, no hay interés en convertir la ida al estadio en una experiencia gratificante. Las personas prefieren invertir sus recursos en el cine u otra actividad para recrearse, porque no hay incentivos para ir a la cancha, más allá de pasión y chovinismo. Al final el mecenas no necesita al hincha. Algunos fueron más osados y se olvidaron de las categorías inferiores para enfocarse solo en el primer equipo y buscar una estrella o una clasificación a copa internacional, una estrategia que en la actualidad se demostró que fue un tiro en el pie.

¿Y el día que los mecenas se cansen? Hoy en día muchos clubes del fútbol venezolano son su presidente, por más que tengan un organigrama amplio o poco conocimiento en ciertas áreas (tampoco hablamos de tipos que son Lorenzo Mendoza o Alberto Vollmer, que su gestión habla por ellos dentro y fuera del país) su opinión es la última e irrebatible. Es su dinero y se hace lo que él dice, lógico, pero no rentable. Entonces el día que muevan sus capitales a otros negocios, al igual que el gobernador que cambiaba de cargo, empezará el limbo. Muchos clubes yacerán en ese cementerio del fútbol venezolano, casi tan amplio como el de Arlington (Estados Unidos). Otros sobrevivirán al naufragio y pisarán tierra.

Entes privados o públicos. Jóvenes o veteranos. Plata viene y plata va. A un costado el hincha maltratado, ninguneado y olvidado, que sabe que no hay inmunidad de rebaño ni una vacuna que solucionará esto. La feligresía del fútbol venezolano seguirá su travesía por el desierto y con un rosario en la mano, para rezar que su club sea lo suficientemente resiliente para verlo el día de mañana en manos de dueño que entienda la importancia del rol del aficionado en este negocio. Mientras seguiremos con los estadios más vacíos y las gradas más mudas, en esta pandemia o en otra.