La reconciliación interrumpida

Las primeras actuaciones de la selección nacional en la Copa América Brasil 2021 fueron como abrir las ventanas en una habitación que olía a encierro desde hace mucho. La afición se reconectó con una marca a la que se había deteriorado en el pasado reciente. ¿Divorcio con la Vinotinto? No es posible, porque la pasión que caracteriza esta relación no es la de una pareja, sino la de vínculo sanguíneo. De hermandad o paternal. En las buenas se apoya y en las malas aún más, como gritan las barras. Pero incluso en las familias hay peleas y desapegos. La brecha se había acortado y se pudo cerrar con un pase a cuartos, pero la herida quedó abierta. En septiembre se podrá suturar o profundizarse.
Previo a la entrada del siglo XXI la Vinotinto era anónima. El venezolano común y corriente era asiduo de las Copas del Mundo y por títulos de selecciones extranjeras hacía caravanas, pero muchos desconocían que su país jugaba para clasificarse a una hasta el camino de Corea del Sur y Japón 2002. Con el “Boom Vinotinto” y la vitrina de RCTV todo cambió, esos partidos que pasaban en diferido se convirtieron en tema de conversación. Los años transcurrieron y la llegada de otro Boom, este petrolero, hizo que hubiese flujo de caja en todo el país y la publicidad estaba en un momento esplendoroso. La selección nacional tenía presencia en todos lados y sus jugadores pasaron de desconocidos a figuras públicas.
Pero el verdadero valor de la Vinotinto fue su influencia sociológica al ser un punto de encuentro. En un pasado los partidos tradicionales (AD y Copei) pudieron traer diferencias, pero en los últimos (20) años la polarización fue más marcada entre oficialismo y oposición. Familias o amigos que dejaron de hablar por política, en un país donde la hospitalidad y la camaradería, con su toque caribeño, eran un sello de fábrica. Poco a poco, todo se politizó y en casi todos los ámbitos había minas fáciles de detonar, que le daban play a las discusiones sin fin. Se puede decir que fue en todos los aspectos de la vida en sociedad, menos en la Vinotinto. Ahí el activista más fiel de la revolución y el paladín acérrimo del mercado y el capitalismo dejaban sus banderas de lado, ya no eran rojos o azules, todos eran vinotinto.
Ese fenómeno, que poco se ha entendido, congregó a los venezolanos en torno de su selección nacional. A pesar de no conseguir los mejores resultados, se sembró ese fanatismo y nació esa familia Vinotinto. Sus puntos más altos fueron en 2011 y las eliminatorias a Brasil 2014, con recibimientos apoteósicos y plazas llenas para ver los juegos. Pero el mazazo que significó no ir a la cita ecuménica en el vecino país dejó un guayababo que no se ha curado. La Federación Venezolana de Fútbol se transformó en un campo de batalla luego de la salida de Rafael Esquivel, involucrado en ese huracán de corrupción que fue el FIFAGate. La salida del caudillo dejó a todos descolocados, un sismo que sufrieron todas las federaciones de Conmebol cuando sus presidentes cayeron como piezas de dominó en las manos del FBI. Una crisis institucional que también sirve para explicar los problemas del balompié sudamericano más allá de la cancha y sus diferencias con UEFA (donde también hay corrupción). De ñapa en 2014 el país cayó en una espiral de crisis económica.
El ciclo de Noel Sanvicente fue convulso e inició la costumbre de las cartas en la selección nacional, que generaron más fisuras que soluciones. Rafael Dudamel calmó el ambiente con la Copa América Centenario 2016 y, en especial, su subcampeonato del mundo sub-20 fue una caricia al alma, con unos chamos que sacaban la cara por el país en Corea del Sur, mientras otro grupo de jóvenes protestaba en la calle por sus ideales y las ganas de cambio de un país, un sentimiento que aún se refleja en las encuestas de opinión. Todo se confabuló para deteriorar la marca de la selección nacional. El camino a Rusia 2018 agudizó la depresión y alimentó la nostalgia.
Poco a poco el combinado nacional perdió su etiqueta de impoluta y como todo en el país cayó en los tentáculos de la política partidista. Porque la política está desde que usted pone a cargar el teléfono o se sirve un vaso de agua, los inconvenientes son cuando se partidiza. Si bien la Vinotinto se mantuvo como ese punto de encuentro, pero no despertaba la misma ilusión de un país que se acostumbró a despedir amigos y familiares desde 2015. Mientras más se ha agudizado la crisis, más apolítico y desentendido se ha convertido el venezolano. “América Latina no ha vivido la política sino como religión. ¿Por qué? Porque entiende que el mundo está dividido entre buenos y malos, entre Dios y el diablo, el pueblo no tiene perfil constitucional sino moral (es virtuoso o no)”, argumentó la socióloga Nelly Arenas, en Prodavinci. En ese aspecto el criollo se ha vuelto ateo y ante el desamparado del Estado, le ha tocado guerrear.
Ante ese desinterés generalizado, la previa de la Copa América 2021 estuvo marcada por el puñado de lesiones y las bajas por un contagio masivo de Covid-19, insólito porque es la única selección que lo ha sufrido en el mundo. La Vinotinto se hizo viral y fue tapa de portadas en el planeta. Los pronósticos eran de goleadas y de humillaciones, pero para sorpresa de todos se repusieron a las adversidades y compitieron. Como escribió Fabiana dos Reis en Idioma Futve, fue una selección que se parece al ciudadano de a pie. Tanto el que emigró como el que se quedó lidiando en una nación sumergida en una crisis humanitaria compleja y la segunda hiperinflación más larga de la historia. Sobrevivir, a pesar de todo.
“Haití es un poco en lo que se está convirtiendo Venezuela. Cuando llegas a Puerto Príncipe, hay un distrito donde hay de todo. No hay ninguna diferencia entre eso y cualquier otra capital latinoamericana. Tal vez un poco más pobre, pero hay supermercados, restaurantes, hoteles bonitos, la gente ahí vive y goza la vida, pero pasas la frontera de ese distrito y el panorama que te encuentras es la pobreza más absoluta y crítica. Y no hay nada en el medio. Por eso digo que se parece a Haití. Están los que tienen y están bien. Los que pueden o podemos sobrevivir en esa burbuja dolarizada y del otro lado, la gente que está en la más absoluta miseria. Un poco lo que es la Venezuela actual. No hay nada en el medio, se borró la clase media, desapareció del mapa. Entonces, hay gente que vive en la emergencia humanitaria compleja y otra que vive en la burbuja dolarizada”, explicó el economista Omar Zambrano sobre la perestroika tropical y el espejismo de la mejora económica en una entrevista a Prodavinci. Esa es la dura realidad del venezolano de a pie, que, si tenía la luz, prendió el televisor para ver como su selección lo representaba con gallardía.
Para ahondar en economía, en otra entrevista de Prodavinci, Asdrúbal Oliveros opinó: “Después de una contracción de más del 80 por ciento, en siete años, diría que la economía venezolana está en el foso”. El director de la firma consultora Ecoanalítica añadió: “Al final, el país que tuvimos no va a volver. Al menos yo lo tengo claro. No va a volver. Ese país que era rico, en el imaginario de la gente, en el que hacer negocios era muy fácil, en el que la recuperación de una inversión era rápida, en el que había movilidad social, de las mayores que existían en América Latina, donde la gente podía mejorar su nivel de vida, ese país no existe y no va a volver. Tenemos esa nostalgia, esa añoranza por el pasado. Pero tenemos que pasar a lo que tenemos y de ahí mirar hacia adelante”.
Ni Venezuela es el peor país del mundo, para juzgar a las personas que se quedan. Ni tampoco se arregló, para invitar a un retorno masivo de los más de 5 millones de emigrantes. Aún queda mucho peregrinar por el desierto y tumbar muchos mitos alrededor de la idea de una nación rica. Ante esa cruda realidad, el fútbol como pasión, y no como opio de los pueblos, era un bálsamo para el venezolano, tan maltratado tanto dentro como fuera de su país. Capaz es pecar de chovinista en estas líneas o de cargarle un peso simbólico desmedido a la marca Vinotinto. Pero ese equipo que es el hilo que une al país, pasó a ser el motivo de orgullo de un gentilicio erosionado por la xenofobia. Un buen resultado ante Perú iba más allá del dato estadístico de la quinta vez que Venezuela pisara los cuartos de final o del plus de unos días más de trabajo para José Peseiro, que debe seguir en su cargo. Era la reconciliación de un pueblo perdido con un símbolo que lo representa. Una sociedad que era la más pudiente de la cuadra y, sin darse cuenta, cayó en desgracia. Una confusión generalizada.
Parafraseando al escritor ruso León Tolstói y su celebérrima frase en el inicio de la novela Ana Karenina: “Todos los fanáticos de la Vinotinto felices se parecen unas a otras, pero cada hincha infeliz lo es a su manera”. Ante Perú hubo la oportunidad, pero las apuestas de Peseiro no funcionaron. En septiembre habrá revancha, otra opción que un gol de la selección funda a los venezolanos en abrazo del alma; de Caracas a Miami; de Valencia a Lima; de Maturín a Santiago; de Maracay a Sidney; de Maracaibo a Seúl. De tener una buena razón para guardar las diferencias en la gaveta y por 90 minutos respondernos esa pregunta filosófica: ¿Qué es ser venezolano? Una interrogante en la que su respuesta se ha difuminado en los últimos años, pero que en el césped se puede leer nítidamente.
PD: En caso de fallar, la selección nacional seguirá sin curso y adentrándose en el Triángulo de las Bermudas, al que entró desde hace más de un lustro.







