Al Cata con cariño

 

1areadepeligro 110pxSi alguien interpretó como nadie las grandezas y miserias del futbolista venezolano, ese fue Walter “Cata” Roque. Debió siempre estar en el pódium de los venerables, esa especie de Mario Lobo Zagalo nuestro, al que siempre debió tenérsele en el banquillo de las selecciones nacionales, repartiendo sabiduría. Ahí estriba la diferencia entre respetar y reconocer, en este país en el que siempre se arrasa con el pasado como si este no hubiese edificado el presente y proyectado el futuro.
A Cata le tuve una gran admiración porque cuando las alegrías de las victorias eran esporádicas nos hizo reventar el alma de emociones en momentos en el que el “fútbol venezolano era un chiste”, como alguna vez nos calificó el osado periodista-entrenador brasileño Joao Saldanha.
Cómo no revivir aquella gesta del Atlético San Cristóbal en la tarde guayaquileña frente a 50 mil almas en la salsa del coloso Barcelona. Ahí estaban Fasciana, Arismendi, Landaeta, la Zorra Brito, Simonelli, Chesio, Carlos Moreno, Rafael Otero, Ernesto de Sousa, Barbosa, Freddy Campos, Febles, Gaby Barreiro, Carlitos Maldonado y pare de contar. Eliminamos a los ecuatorianos y de ahí a segunda fase de Copa Libertadores del 1983.
Recuerdo su ponderación y su mesura para no perder los estribos aún en los momentos más contrastantes en esta actividad de héroes y villanos. Frontal, sin guardarse nada, era capaz de ubicar a cada uno en el lugar que le correspondía, siempre grato en la conversación, repleto de anécdotas, sincero. Donde abundan los enmascarados, Cata jamás lució un antifaz.
“El futbolista venezolano juega tres partidos en uno: cuando tiene la pelota, cuando se la regala al contrario y cuando tiene que recuperarla”, me dibujó una vez las taras del jugador criollo, al que trató siempre de insuflarse la garra charrúa, la disciplina y la humildad. Ese triple esfuerzo es posible que siga convertido en la clave de nuestras intermitencias para alcanzar los altos objetivos y trascender.
Tuvo la oportunidad de dirigir en equipos como en las selecciones vinotinto de los premundiales 82 y 86, a una camada de jugadores venezolanos brillantes, con una gran personalidad, en tiempos de viajes trajinosos, hoteles de tres y menos estrellas, masajes con jabón azul, preparación al garete y menú restringido. Un incondicional de su raza, como cuando cargaba a donde iba con sus paisanos Vasconcellos, Filomeno y Abrita.
Estando comprometido como funcionario de Mindeporte en la administración de Victoria Mata, me tocó emprender la recuperación del estadio Brígido Iriarte de Caracas, saturado de actividades. Había que eliminar por lo menos el 40 por ciento del trajín de aquel maltratado rectángulo. Fue entonces cuando recibí la orden de la ministra de sacar a cualquiera menos al equipo de la Asamblea Nacional dirigido por el Cata Roque. Lo imagino dándoles instrucciones con su tono proverbial a quienes deciden, cuando quieren, la suerte de este país.
Un uruguayo excepcional como tantos que han llegado a Venezuela y que sembró fuertes raíces. A Gustavo, Luciano y Walter, al fútbol venezolano, golpeado por este infausto suceso, nuestras condolencias.
¡Cata, siempre presente, a ver qué haces allá arriba con Pedrito Febles!

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