La verbena del insulto

Los venezolanos afilan sus dedos y guardan las frustraciones de la cotidianidad en una bolsa. El próximo jueves juega la selección nacional. Todas esas amarguras se traducirán en dagas que se clavarán en el teclado de la computadora o del teléfono inteligente para iniciar la verbena del insulto. En primer lugar, a la Federación Venezolana de Fútbol, luego a los jugadores –y sus familiares–, después al cuerpo técnico, posteriormente a los periodistas y hasta entre los mismos aficionados. Una masacre verbal que parece una recreación del largometraje The Purge. Los días de Vinotinto no son para celebrar goles, perdidos en esta eliminatoria donde solo se suman cinco, sino para drenar la ira de la forma más primitiva. Una pared de un baño público tiene frases más refinadas que las que se leerán en redes sociales si los resultados son adversos.
Hace una semana que las encuestas de la Encovi (Encuestas de Condiciones de Vida de la Universidad Católica Andrés Bello) nos abofeteara en la cara y nos dijera que no somos un país rico con gente pobre, sino un país pobre a secas. El indicador de pobreza llegó al 94 por ciento y dos tercios de la población está en umbral pobreza extrema, todo en medio de una hiperinflación y tras sufrir desde hace ocho años la contracción del PIB más brutal vista en un país sin guerra. Familias desarticuladas por la crisis que ha expulsado a más de cinco millones de personas. Una cifra que no parece que vaya revertirse, sino más bien a crecer. Ya sea a pie a Colombia o en balsa a Trinidad y Tobago. Se acabó eso de romantirzar el éxodo con “los balseros de los cielos”. Mientras afuera el emigrante sufre en carne propia la vileza de la xenofobia, graficada por bárbaros en Iquique quemando carpas y hasta un coche de un bebé. Entre tanto golpe se busca una alegría hasta en las esquinas.
Deportivamente el venezolano no se puede quejar en los Juegos Olímpicos y Paraolímpicos de Tokio 2020 el medallero fue histórico. Miguel Cabrera dio el jonrón 500 y la selección sub-23 fue campeona del mundo. Los chicos del futsal representaron al país con hidalguía en Lituania. Incluso a principios de año, aunque parezca muy lejano, Yeferson Soteldo jugó una final de Copa Libertadores. ¿La deuda? La Vinotinto de fútbol campo categoría libre masculina. El camino a Catar 2022 es una quimera y la Copa América tuvo la atención del público por la épica, de una selección improvisada por un contagio masivo que no se comió goleadas de escándalo.
Pero solo falta que suene un poco de samba contra Brasil para que el hincha de la vinotinto complete la metamorfosis a un fanático de Tiburones de La Guaira. El Boom Vinotinto representó la ilusión de poder ganarle a cualquier rival, aunque se estuviera lejos de esa realidad. Esta reconversión en la Cenicienta significa la sensación de perder contra cualquiera –como fue la tónica en el siglo XX. En el mismo periodo de tiempo se perdió la fuerza productiva del país y al símbolo que unificaba a la nación en medio de la polarización, que fracturó familias y amistades. Nos los culpo si en el Olímpico se ponen una bolsa en la cara.
El criollo desamparado y en un acto de masoquismo se sienta a ver su selección nacional. Ahí es donde la tentación de lanzarse de cabeza al pogo del concierto de la zafiedad y del improperio. No se salva nadie cuando eso sucede. Algunos con la misma brutalidad que los zombis de Crossed, el cómic gore. Es mejor salirse de las redes, porque si no se vive un Chernobyl cada postpartido. Porque es muy diferente una crítica constructiva (que le hacen mucha falta a esta selección) y otra es ingresar a la cuenta de Instagram de la esposa de un jugador. Se entiende que económicamente estamos pobres, pero de valores no se puede ser miserable. El folclore del fútbol no puede ser una excusa para validar los más ruines insultos.
En un Twitter Space organizado por los colegas y amigos Oscar Guardia y Kevin Urdaneta dijo presente Luis Manuel Seijas. Uno que vivió este fusilamiento con aquel pase contra Chile o el penal picado contra Argentina. En esa oportunidad confesó que sufrió de depresión dos años y que, aunque intentaba abstraerse de las redes, era difícil que la familia saliera ilesa. ¿El precio de la fama? Creo que eso es una excusa para validar la envidia sobre la vida de las personas con vidas mediáticas. Una manera de alimentar el morbo más palurdo (sí, con “p” y no “b”). Al final y al cabo, desde el anonimato o la distancia de Instagram o la red del pajarito azul se dicen cosas que nunca se tendrían los testículos u ovarios para decir en la cara al agraviado.
Si bien Venezuela tiene una de las prensas más blandas y cómodas del continente, porque los vecinos son muchos más ácidos que los medios locales (sumergidos en su propia crisis), el veneno viene en su mayoría de la fanaticada. No digo que todos los colegas estén exentos de caer en estas prácticas para mejorar su interacción y alimentar el algoritmo. Tampoco pido que el hincha sea racional cuando por antonomasia es lo más pasional del deporte. Pero no estaría demás pedir un poco más de empatía y respeto. Creo que, si el panadero me da un pan quemado, no voy a insultar a su esposa, y así con el resto de oficios y profesiones. Pero extrañamente en el deporte es parte del paisaje. Digno de un estudio de sociología y antropología.
La Vinotinto pasó de ser anónima a un símbolo de orgullo de un país. En la actualidad y por las peleas intestinas en la FVF, desde la salida de Rafael Esquivel (padre de estos entuertos), hubo un retroceso. Ya no se gritan goles, sino que se escupen injurias. Ya no hay abrazos, sino comentarios de odio. Contra Brasil (07/10), Ecuador (10/10) y Chile (14/10) hay grandes posibilidades que se viva la verbena del insulto, como si fuese una fiesta patronal en plena bonanza petrolera. La selección nacional perdió el tren a Catar 2022. Pero como sociedad estamos a punto de naufragar. Recuperar un poco la decencia y los valores, siempre será más importante que si la pelotica entra o no. Pero en medio de este incendio en todos los ámbitos de la cotidianidad es complicado pedir paz y hasta pendenciero ponerse en un pedestal moral. Así que mejor lo dejo hasta aquí, antes que el primer improperio de esta triple fecha se inaugure conmigo.







