Prohibido emocionarse
Prohibido emocionarse. Cada vez que llega la Copa Libertadores de América uno siente que los equipos venezolanos van a su gran prueba de fuego. La vitrina que representa el sonoro evento continental pareciera el escenario ideal para la trascendencia. En años recientes se han dado algunos asaltos más que sorpresivos de equipos nuestros. Cada pequeña victoria o éxito sabe a gloria y suena aún a imprevisto, a cosa rara en un cónclave en el que el dominio de los clubes de abolengo ha logrado ser quebrado en muy contadas ocasiones.
Que equipos de Chile, Ecuador y Colombia hayan sido finalistas es parte de las nuevas realidades que afrontan los encopetados clubes de Brasil, Argentina, y Uruguay, que antes ganaban nada más con el nombre. Colo Colo, Once Caldas, Nacional de Medellín y Liga de Quito saltaron las barreras de la historia, constituyendo un refrescamiento del tradicional torneo, cada vez más ausente de grandes figuras que apenas sueltan el biberón se insertan en las ligas más elocuentes de Europa.
Sin embargo, la Copa Libertadores reúne un atractivo casi que morboso de hechos que conllevan mucho de nuestro subdesarrollo. Largas y penosas travesías, algunos estadios precarios, ambientes cargados de hostilidad, todo un plato que tiene como postre la irrupción de nuevos talentos, la maña y cierto sabroso desparpajo en cada jugada, las celebraciones destempladas y la siempre abierta posibilidad de hacer un buen negocio.
A ningún equipo venezolano se la ocurrido jamás decir que se armó para ganar la Copa Libertadores. Si no lo pregonaron antes cuando los dólares costaban menos, es una utopía que vamos a llegar, ilusos, un día al pódium cargados sólo de buenas intenciones. Si mencionamos a aquellos equipos del Pacífico que quebraron la hegemonía, habría sólo que remitirse al contexto que los envolvió en su momento y la evolución que experimentaron deportiva y administrativamente para tocar el cielo.
Bastante nos hemos dado por satisfechos cuando nos colamos en unos cuartos de final y no las creímos que un Minerven –paradójicamente poco después desaparecido-, Caracas, Estudiantes o Táchira estaban entre las grandes instituciones de América, sin más respaldo que buenas nóminas dirigidas sabiamente por los técnicos de la ocasión. A algún equipo le salió una serie redonda y más de una noche inspirada y eso fue suficiente para que nos emocionáramos y pensáramos que íbamos a llegar más lejos.
Esta vez nos ha ocurrido lo mismo. Deportivo Táchira, Zamora y Mineros nos han brindado, por ratos, pasajes que nos han hecho olvidar por momentos que arreamos con una descompensación estructural con referencia al resto de los clubes de América. Y uno, como el más rancio aficionado, que se obnubila con esas cortas satisfacciones de un partido, termina poco después constatando la dura realidad. Como pasa siempre en cualquier deporte, no hay nada peor que un venezolano que se crea favorito, porque terminamos dándonos un mazazo en la cabeza cuando todos esperábamos celebrar.
Para los equipos venezolanos, la Copa Libertadores lejos de cualquier pretensión, tiene que asumirse por ahora como el teatro para mostrar el talento individual que un día pueda interesar a los grandes. Y si a partir de un buen negocio se puede cambiar la fisonomía de los equipos, estaríamos en la posibilidad de alcanzar algún día el status de protagonistas. El trámite intenso, internacional y doméstico, termina devorando cualquier expectativa, con un reacomodo del calendario local que delata a las claras que los planteles son insuficientes para encarar dos frentes como si lo vienen haciendo en el resto de países en competencia.
Para que las emociones se conviertan en una constante y demos rienda suelta a las celebraciones por el logro del más alto escaño, hay un largo trecho por recorrer. Por ahora, por favor, Zamora, Táchira y Mineros, regálennos otras noches maravillosas y no nos prohíban ilusionarnos.
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