¿Darwinismo o paciencia?

La Licencia de Clubes parecía un mecanismo sensato para dar un marco de saneamiento al fútbol venezolano. Sin embargo, si se aplicaba a rajatabla podía ser un cimbronazo. Sus normas no son draconianas, pero el balompié nacional es un enfermo crónico. Esta medicina puede ser tolerada por un paciente relativamente sano, pero el estado de los clubes nacionales no toleraría esta terapia de shock. Tenía que ser paulatina. En el camino llegó la pandemia para desnudar más los problemas endémicos.
La cantidad de clubes se redujo, luego de que sin justificación deportiva ascendiera a 20 –en 2021 fueron hasta 21 elencos. Muchos apostarían por la opción del darwinismo, que tenga que quedar los que sean más aptos. Sin importar la historia de la institución. Ser un campeonato de 14 clubes, como lo era Bolivia hace poco o una primera división de 10 equipos, como los años previos a la expansión por la Copa América.
Otros serán más comedidos. Solicitarán paciencia. Que en un fútbol donde los clubes mueren jóvenes, las instituciones que han logrado sostener en el tiempo merecen un crédito más largo para resolver su caos. Este es un balompié que por diversas razones ha visto perecer a: Deportivo Anzoátegui, Unión Atlético Maracaibo, Nacional Táchira, Maritimo, Minerven, ULA, Valencia, entre otros.
Los críticos, los más ácidos fuera del país, harán ver que la Liga Futve es el nuevo Theranos y que los directivos son una suerte de Elizabeth Holmes. Los más optimistas argumentan una visión de progreso. Pero nadie ha dicho que sea la nueva MLS. Es un torneo con el país con la peor crisis macroeconómica del planeta en los últimos 40 años y a puertas de pisar su segunda hiperinflación. No es un desastre insalvable, pero tampoco hay progreso pronunciado. Más allá de una evolución, su verdadero mérito es sobrevivir en un entorno tan hostil.
Los factores exógenos invitan a tener paciencia, mientras el país navega por una turbulencia que hace que todos brinquen de sus asientos. Pero los darwinistas piden cortar un problema de raíz, que los hubo en tiempos de bonanza. En el medio los trabajadores, no solo jugadores y entrenadores, que son los mejor remunerados. Si no el personal administrativo. No meterán goles, pero son los que le quitan la etiqueta de amateur a la disciplina y la profesionalizan, incluso la vuelven una industria. La pasión tiene un límite y llega un momento que una billetera vacía se empieza a alimentar del amor al fútbol. Cuando es irreversible, el cerebro le gana al corazón y un rumbo más lucrativo, o que sencillamente pague al día, a pesar de ser un empleo gris, se vuelve el camino a escoger.
No quisiera estar sentando en la silla de los que tienen que tomar esta decisión. Porque hay muchos factores a tomar en cuenta en país politizados hasta los tuétanos, pero el verdadero problema es el partidizado. Eso es un hecho. Nos guste o no. Luego usted verá si participa en las primarias de la oposición de 2023, si lamenta el fin del interinato, si confía en los diálogos en México, si decide fiarse de potencias extranjeras (Hay elecciones en Estados Unidos en 2024). Hay opciones para el gusto de cada uno, pero ese y muchos otros factores están inmiscuidos en el fútbol y muchos otros aspectos de la vida del venezolano. No se puede hacer un análisis serio sin tomarlo en cuenta.
Entonces los darwinistas tienen un punto y los mesurados otro. Clave será encontrar el punto medio. Sin ser draconianos, ni tampoco condescendientes. Una decisión que sirva para el presente y también a futuro. De resto las críticas vendrán. Siempre le lanzarán piedras. El objetivo es que el legado de frutos y no sea un paño de agua caliente. Correr la arruga una temporada más. Dar pequeños pasos, pero firmes. Insisto, ya es un milagro que ruede la pelota en un país tan hostil que ha expulsado a siete millones de una población de 30 millones.
Lo cierto es que se abrirá una brecha entre los que hacen “bien” –lo básico y un poco más– en las oficinas y los que optan por una huida hacia adelante. La situación de Zamora es una incógnita y estuvo a dos partidos de ganar su quinta estrella sin poder hacer fichajes a mitad de campaña. A veces el talento en la cancha se sobrepone a los problemas en los despachos. Pero la final premió a dos proyectos serios: Monagas y Metropolitanos. Mientras que el tercer lugar fue para un Carabobo que cuenta con la mejor dirigencia deportiva del país, avalado por los triunfos de Magallanes y Trotamundos.
Esa grieta atenta contra la competitividad del torneo, poco a poco tiene que haber unos parámetros mínimos. Las ventajas no pueden ser de que en un equipo un jugador piensa en cómo comprarles los pañales a su bebé o el antihipertensivo a sus padres, porque tiene tres meses sin cobrar, y al frente tiene un colega que solo se concentra en jugar, y el día anterior concentró en las mejores condiciones. Es hora que los técnicos tengan que gestionar solo con problemas que se limiten a la cancha y el camerino, y no en administradores de la miseria. Lo que me motiva es que si entre tanto desmadre se pueden disfrutar partidos atractivos –un encuentro puede ser divertido sin necesidad de contar con 22 cracks-, ¿Se imaginan si la casa estuviera en orden? Soñemos cosas chingonas, como dijo Chicharito.







