CUANDO HAY QUE QUITARSE EL SOMBRERO PARA DECIR ADIOS
Si hubiese participado en un certamen de Mr. Simpatía, de seguro no habría pasado la primera ronda. Y no es porque fuese su característica sino, simplemente, porque no hubiera querido.
Esquivo, huraño y hasta malencarado, se dedicó a driblar rivales en la cancha y periodistas fuera de ella. Su rechazo a los medios rayó muchas veces con la descortesía y ese fue el plus que le faltó para convertirse en el gran ídolo mediático de nuestro fútbol. Espacio que ocuparon otros, con menos virtudes futbolísticas pero con mayor disposición ante las cámaras y micrófonos.
Quienes lo conocieron de cerca hablan de una inmensa timidez en su personalidad, motivo por el cual creó esa invulnerable coraza a su alrededor y prefirió encerrarse en su burbuja particular para permanecer alejado del mundanal ruido. Quizás sea cierto. Hasta entendible.
Jugando al sicoanalista me atrevería decir que esta es una característica típica de aquellos que se han formado a pulso, luchando contra las adversidades, derribando barreras con dolor y sacrificio, triunfando sin considerar que le deben nada a nadie. Tal vez haya sido así.
Me imagino a ese tímido adolescente, enfrentado a sus padres por su decisión de ser futbolista, abandonando el regazo hogareño para ir a una inhóspita, digo para un practicante del balompié, Cumaná. Allí hizo vida en la segunda división entre desconocidos y lejos de su familia. Ah! Estaba otro chamo que comenzaba a escribir su historia: El DT César Farías.
Entre el anonimato que involucraba una ciudad ajena al movimiento futbolístico profesional, las cargas económicas y los sacrificios, este Nueva Cádiz se las ingenió con mérito propio para ascender a la primera división. Enmarcado en ese cuadro se fue formando el carácter del pichón de crack. Pero lo esperaba la alta competencia, el escenario ideal para mostrarnos las bondades que escondía en su zurda mágica.
El Zulia corrió el telón para el gran show, pero no era el equipo mediático ideal para hacerle seguimiento a ese flaco, largo, desgarbado que no tenía pinta de futbolista ni se dejaba ver fuera de las canchas. Ausente la televisión del gran acontecimiento futbolístico nacional, apenas llegaban a la capital noticias de un zurdo que le pegaba como los dioses pero que era un tanto apático. Hasta ahí.
El Caracas FC, en donde hacían vida todos los cracks del país, escuadra de campeones y figuras, no tardó en contratarlo y allí sufrió, una vez mas, las dolorosas espinas en el camino hacia los pétalos. La rosa fue esquiva y nadie entendía la filosofía cadenciosa del Mago de Maracay. Lo etiquetaron de lento, frio y qué se yo cuantas cosas mas. Lo cierto es que nunca llegó a ser titular y se siguió moldeando ese carácter que a la postre lo hizo triunfador. Se tuvo que ir de Venezuela sin recibir el reconocimiento de su talento. Incomprendido, como Maelo, Juan salió de un anonimato sombrío en su país para conocer la gloria en México.
El empresario de Pastoriza, cuestionado en su momento, convenció a Benito Floro que lo recibiera en Monterrey. Allí el DT español quedó encandilado con la zurda de Juan y a su regreso a la Primera División española le abrió las puertas del Mallorca para que el flaco maracayero conquistara el Viejo Continente.
El resto de la historia es de todos conocida. Goles, asistencias, fama, dinero. La gloria. La Selección Nacional giró en torno a Juan por casi dos décadas. Alrededor de su zurda mágica se formaron un sinfín de alineaciones y estrategias. Pero siempre estaba Juan.
Pasaron cuatro seleccionadores y todos comenzaban a armar sus equipos dándole a Juan la batuta de director de orquesta. Va a ser difícil imaginársela sin el flaco maracayero. Ojalá que no desafinen y que cuando haya que cobrar un tiro libre no aparezca un fantasma con el 18 en la túnica a rondar por el estadio.
Llegaste a lo mas alto, Juan. Tocaste el cielo con tus manos. Te codeaste con los dioses del Olimpo y me da la sensación que muy pocos te ayudaron. Que tuviste que ingeniártelas tu solo para imponer tu talento y tu zurda de oro ante todas las adversidades que conseguiste. Por eso, creo comprenderte. Por eso, me quito el sombrero, te doy las gracias y te digo adiós. Gracias Arangol. Un millón de gracias en nombre de los que creemos que el talento, la calidad y la sutileza están por encima de otras virtudes para jugar eso que llamamos fútbol.







