Paredes contra Santiago

El Fútbol en Cuentos

 

Podría agarrar una hoja en blanco de la agenda y escribir sin dudarlo, los seis o siete años que han marcado mi vida: El año en que tuve mi primer viaje internacional; los años en que mis decisiones me llevaron a lugares impensados o fueron sencillamente desatinadas; los años en que mis cuentas bancarias, a final de año, eran desoladoras.

En esos tiempos difíciles, el sentimiento de orgullo no apareció por ningún lado. Entendí que para que alguien se sienta orgulloso de tu esfuerzo, debe haberlo vivido y sentido tanto como uno mismo. Por eso creo poco o nada en el orgullo por cosas ajenas, es como un rapto de méritos.

Esa fue la razón por la que, en aquel equipo de fútbol del tercer grado, colocamos en el pecho con tanto orgullo la letra “J” como escudo. Representaba a nuestra sección y a nuestro grupo, pues todos sentíamos aprecio por nuestro nombre que, sin pensarlo, comenzaban por esa letra: Jesús, Juan, José, Jhoan y Newman, el único de los doce que no fue bautizado siguiendo la tradición del pueblo, pero lo rebautizamos esa misma noche como “José Newman”, para sorpresa de su madre.

Mi mamá, con su apego religioso infinito se sentía cómoda con mi nombre Jesús. Pero no tanto con el poco uso que le dábamos a su apellido materno, del cual ella se sentía sumamente orgullosa en honor a su padre, un hombre honorable y laborioso. No era desprecio, es que en mi pueblo el apellido «Santiago» se desbordaba  Incluso en las lápidas desde comienzos del siglo pasado, mientras que el de ella, no gozaba de la misma tradición.

El apellido Santiago

Más allá de la fama de mi apellido paterno en mi pueblo. Me tocó entender a las malas que, para llegar a ser un futbolista con reconocimiento internacional, no solo había que ser argentino, brasileño o uruguayo. Ano además, no tener por apellido Santiago. Nunca lo escuché ni como arquero, ni como banca y mucho menos como el “diez” del equipo. Por eso jamás me vi en un campo de fútbol derrochando talento y fama, a pesar de mi talento y fama.

Nunca vi en televisión una camiseta con el «Santiago» estampado en la espalda. Tampoco escuché en la radio que un narrador repitiera aunque sea en el equipo rival, un gol o una asistencia de un jugador con mi apellido. Si al menos existiera un poco de justicia en la vida, algún árbitro habría llevado mi apellido. Pero no; parece que solo existíamos en esos 104 kilómetros cuadrados de una montaña en los Andes venezolanos.

Sin embargo, quiero levantar, la bandera de la justicia. Justicia para mi madre y sus ancestros y, en el fondo, para este futbolista frustrado que solo anotó dos goles en un pueblo endogámico. Sé que estoy rompiendo mis propias convicciones, aquellas de no sentirme orgulloso por triunfos ajenos. Pero desde que Leandro Paredes, sí, Paredes, como el apellido de mi madre, le quitó la pelota a los ‘faraones’ para que Argentina volteara el partido. Ella debe, finalmente, sentirse doblemente orgullosa de su apellido. Y yo, también.