Muerte en el fútbol: la tragedia en la calle y la cancha

Fútbol Sin Pausa y la Liga FutVe

 

Néstor BeaumontEl balón y la cancha, esos viejos cómplices de nuestras constantes alegrías dominicales y muchos desvelos, nos negó en los últimos días su gracia habitual. La pelota se siente, fría y pesada, dura, si se quiere, para recordarnos que el juego más hermoso del mundo a veces se convierte en una pesadilla inolvidable, de película pues.

 

El fútbol hoy día sangra, llora, literalmente. Y no es una metáfora trillada; es el dolor real, punzante, de dos muertes impensables que sacuden los cimientos mismos de este deporte. Por un lado, la barbarie criminal en nuestra propia casa; en Barinas, para más señas; por el otro, el riesgo implícito llevado al límite trágico en Europa, la Meca de este deporte. Son dos caras de una misma moneda lúgubre que nos obliga a mirarnos el ombligo y preguntar: ¿es esto lo que queremos por noventa minutos de pasión?

 

La plaga de las barras bravas

 

Lo ocurrido en Barinas con el aficionado Luis Rafael López —»Rafita», como le decían cariñosamente los suyos— no tiene nombre en ningún diccionario de deportividad. No estamos hablando de un «lamentable accidente entre fanáticos», como suelen matizar los comunicados y, a veces, los propios noticieros deportivos. Estamos ante un hecho estrictamente delincuencial.

 

Un grupo de malandros, matones, si, disfrazados de barras bravas, emponzoñados por una ideología de la violencia que cree que el color de otra camiseta se lava con sangre por la querencia de un simple trapo o bandera, emboscó y apuñaló a un ser humano digno, con una condición especial por demás. Esto suscita el eterno y desgastado debate sobre los controles, las responsabilidades de los clubes y la impunidad que arropa a estos grupos en los estadios.

 

¿Cómo es posible que se permita que la delincuencia común cope los espacios destinados al reencuentro familiar? Mientras las autoridades y los dirigentes sigan mirando hacia otro lado, aplicando pañitos calientes y emitiendo comunicados acartonados de «tolerancia cero» que solo aparecen cuando el muerto ya está frío, el fútbol venezolano seguirá pagando peaje con vidas inocentes.

 

A los malandros, verdaderos delincuentes, hay que sacarlos de las gradas, pero con todo el peso de la ley, sin contemplaciones. El hincha va a alentar, no a jugarse la vida en una esquina por culpa de unos salvajes que no saben lo que significa controlar un balón en la cancha ni mucho menos lo que significa el respeto por el prójimo.

 

Cuando la jugada se pasa de la raya

 

Si lo de Barinas huele a cloaca social, lo sucedido en España con el delantero Jesús de Miguel, jugador del CD Tenerife, nos enfrenta a la fragilidad inmanente del deportista de alto rendimiento. En pleno partido frente al Andorra, un choque brutal, escatológico más bien, contra el portero rival —quien terminó expulsado— desencadenó la tragedia que hoy enluta al balompié internacional.

 

Por supuesto, nadie en su sano juicio puede asegurar que el guardameta Owono salió a buscar la muerte de su colega; la intención en la grama suele ser disputar el espacio, incomodar o intimidar, ganar la posición o sacar de carrera al arco al delantero, pero Jesús yace ahí, inerte, fuera de este mundo y ni tan siquiera supo lo que fue la jugada, pues de inmediato perdió el conocimiento y nunca lo recuperó, para desgracia suya y de sus familiares, el futbol y el deporte en general. ¡Descansen en Paz Luis Rafael y Jesús! ¡Malaya sea!