El Fútbol en Cuentos
Mi pre temporada con Estudiantes…
Hace algunos años, frecuentaba el estadio Lourdes, esa cancha universitaria en el centro de la ciudad de Mérida, que antes estaba abierta para todo el mundo. Había dos canchas. Una de arena y otra que estaba sembrada en grama, pero que tenía un surco sin grama de una portería a otra, solo arena, porque los que íbamos a “caimanear”, jugábamos un 4 pa´ 4, en una cancha de 11 pa´ 11. Les cuento, uno arrancaba con la pelota y picaba cada vez que veía un espacio vacío, la verdad es que con esa dimensión y los ocho jugadores, toda la cancha era un espacio vacío. Uno sin querer buscaba romper el “record” que Maradona impuso ante Inglaterra, es decir, esquivar a todo el que se presentaba desde mas atrás de la media cancha y anotar el burlón gol. Pero a decir verdad, el record del argentino se quedaba corto, porque carrera no era sencilla, era de área a área, nada mas que al llegar al otro arco, al momento crucial del disparo, un montecito, un charco o la misma lengua se convertían en la principal zancadilla, porque eran casi 80 metros sin hacer pase alguno y a toda velocidad.
Una tarde de agosto, en los años 90, me fui al Estadio Lourdes con mi primo, mi hermano y Julio, un vecino que sabía de fútbol lo que yo sé de criquet. Jugamos lo que llamaban campeonato, un dos pa’ dos en el arco, sin salirse del área, con cuatro disparos cada equipo y rematando si los porteros dejaban esa opción. La verdad que nuestra estatura se la ponía facilísimo a cualquier delantero y la mejor manera de disminuir la cantidad de goles, o aumentar la competitividad era colocar el punto penalti más alejado del arco, es decir disparar de larga distancia. Eso disminuía la frecuencia de goles, pero aumentaba la posibilidad de remates por lo que esa tarde, luego de dos horas de tanta corredera, nos sentamos a descansar. Sudados, sin agua, y ni un bolívar para refrescarse, vimos que al otro lado de la cancha, algunas personas pateaban al arco y alguien más sonaba el pito.
Julio, que venía de lavarse la cara, del lado donde pateaban la pelota dijo “están entrenando”. Mi primo aprovechando el desconocimiento del vecino y en tono burlón le dice “No bobo, están pateando la pelota”. Mi mente se fijó en los movimientos de los jugadores y le digo a Julio que tenía razón, que estaban realmente entrenando, pues aunque la miopía ya me acompañaba, me di cuenta de que uno de los que pateaban era Oswaldo Palencia, aquel jugador merideño nacido en Santa Elena de Arenales y quien defendió los colores de Estudiantes y ULA en la década del 90, así como la selección de Venezuela en la Copa América de Ecuador 1993. Posteriormente se convirtió en uno de los primeros delanteros que militó en el futbol colombiano, con poca suerte, en el Deportivo Cali.
Nos levantamos rápido, y aunque mis piernas no daban para mas, apresuramos el paso, y empezamos a identificar a quienes estaban allí, al otro lado de la cancha, como dijera Cantinflas, “al mismo instante, momento y sitio” en que nosotros estábamos allí. “Ese es Borrero” me dice mi primo, quien con pito en mano dirigía los movimientos de los cuatro jugadores que entrenaban. “Vivas, no le pierdas pista a la pelota”; le dijo el profesor Borrero a quien ocupaba la portería, aquel joven de Santa Cruz de Mora, llamado Alfredo Vivas, quien tenía como habilidad especial salir muy bien a jugar con las piernas. Hugo Gallego, un Dt colombiano que después lo tuvo en Estudiantes llegó a decir que después de Higuita, Vivas era el mejor arquero líbero.
No recuerdo quienes era los otros jugadores, pero allí estaban entrenando. Realmente el equipo Estudiantes de Mérida estaba haciendo su pre temporada, con apenas 4 jugadores, de los cuales dos eran porteros. Había un solo balón, sin mayor indumentaria, ni utensilios de entrenamiento. En la otra área había estado yo, “caimaneando”, soñando algún día estar allí como ellos, haciendo lo que sea, en cualquier posición. Desde cuarto grado pensé que yo sería portero, y por eso me paraba detrás del arco de Vivas a lanzarme en la misma dirección en que se lanzaba el arquero o más desafiante aún, seguía mi instinto.
No sé si las adivinaba o desde detrás de la portería se veía más fácil, pero creo que en el fondo le gané una al portero. Vivas, años después desapareció de la escena, yo nunca aparecí, me quedé con las palmaditas de buen portero de cuarto grado y un beso de la madrina por lo que esa tarde fue mi mejor acercamiento del sueño de una pre temporada con un equipo de fútbol profesional.







