El bombero arrepentido

Esa vez , no me gustó como fanático…!Para Nada! Y lo digo 20 años después.
Pecamos y pagamos con el descenso y luego de muchas penitencias, confesiones, ayunos y demás actos en busca del entendimiento y perdón, es que apenas Dios se está apiadando de nosotros.
Yo era apenas un bombero en formación, con sólo algunos meses de haber ingresado al cuerpo de Bomberos. Mi mayor satisfacción siempre fue ayudar al prójimo, pero el hecho de que me mandaran a prestar colaboración en un juego de fútbol y más de Estudiantes de Mérida, era inmensamente gratificante.
Por un lado pasaba el día fuera del cuartel. Disfrutaba el juego de mi equipo y sobre todo porque me asignaban la ambulancia para estar en la parte baja o si no de camillero. Estar en primera fila para sentir la adrenalina de la cancha y ser testigo de lo que se hablaría durante la semana.
Y les digo algo. Es un privilegio estar allí
¡Ver el juego en primera fila!
¡Sentir el golpeo del balón con esa intensidad que sólo allí se vive!
¡Tener detrás a miles de personas gritando a rabiar por un gol o la decisión del árbitro!
¡Escuchar lo que se dicen los jugadores dentro de la cancha!
¡Entender el cruce de miradas entre algunos jugadores!
Y escuchar el tono amenazante y hasta déspota de algunos árbitros.
Al frente el espectáculo, detrás la afición, uno se siente en el medio y no sé pero me sentía parte del espectáculo.
En esa época todos los partidos eran especiales, casi todos se ganaban. Con Richard Páez a la cabeza como Director Técnico y una serie de figuras, era normal el triunfo en casa. Yo me consideraba un titular entre los camilleros o al menos chofer de la ambulancia, ya saludaba a algunos jugadores y hasta el delegado era medio pana. Tuve la oportunidad de sacar buenas fotos con Ruberth, Brignani, Raíces, Pacheco Vallenilla, Cardarelli y otras figuras del equipo.
Detallando partido a partido, me di cuenta de algo trascendental, algo que de seguro fue postulado a un Premio Nobel de Medicina, que obviamente fue rechazado, y es que el agua que le echan a los jugadores luego de que dan mil vueltas en la cancha expresando dolor, ¡No es un agua Bendita! ¡Ni mucho menos un agua milagrosa!…..!No!…..es agua del tubo (grifo).
Veo en la mañana el parte del día. No era un día cualquiera era el día para volver al escenario internacional. Ese escenario en el que hacía unos meses antes o quizás semanas, habíamos derrotado a los mexicanos, uruguayos, ecuatorianos y paraguayos. Yo no iba a estar en la parte baja, pero cuando el capitán me asigna, me quedó un sabor agridulce. Por un lado me mandan a la parte baja- hasta ahí muy bien- pero no de camillero si no de chofer y esta vez no era de la ambulancia si no del camión de bomberos. Hasta hoy, no me explicaron claramente la presencia de un camión de bomberos en la pista atlética del Guillermo Soto Rosa ante Deportivo Italchacao, en lo que sería la última fecha para ser campeón del torneo 1999-2000.
¡Eso sí! intuí que el camión no era para apagar los goles ni de Ruberth Morán ni de Hernán Raíces, ni tampoco de un incendio en una zona adyacente. Realmente sentí que el camión era para emular algunas celebraciones pintorescas, encima de ellos, con sirenas, cornetas, pues realmente todo estaba dado para que Estudiantes ese día se hiciera campeón, aunque en rival era digno de una final.
Y como siempre arrancaban los juegos de esa época, esperando el gol para iniciar el triunfo, pero ese día la historia fue diferente. El equipo lácteo, como se le conocía al Deportivo Italchacao, porque era propiedad y patrocinada por la empresa italiana Parmalat hizo los deberes y nos ganó por 2 goles y nos quedamos con las manos vacías. Sin título, sin Libertadores y con un sabor a derrota como nunca. Porque hacía unas semanas veníamos de estar a un gol de semifinales de Copa Libertadores pero Cerro Porteño de Paraguay nos dejó en la lona. ¡Fue triste! Y les digo vi a gente con lágrimas, sé que hubo lágrimas de tristeza y dolor ese día.
Hace poco, en el partido contra Academia de Puerto Cabello, volví al estadio, recordando aquel episodio y debido a que me puedo mover entre tribunas y la pista atlética me di cuenta de que todos mis muchachos están tan pendientes del partido como yo en el 98 o 99. Pero esta vez fue diferente, esta vez sin camión, sin tanta jerarquía en la cancha como en aquella época.
Vi a muchos como yo ese día. Pendientes de la jugada, del lenguaje corporal de los jugadores, de correr con la camilla a sacar al jugador de Puerto Cabello porque el tiempo apremiaba, de celebrar el gol con la misma euforia que un fanático, de mover su pierna como si fuera a patear la pelota. Lo del camión de bomberos quizás pasó desapercibido para la mayoría, pero no para mí. Tomé lección y aprendí y ahora como personal de alto rango trato de que vayamos responsablemente a los juegos, de que al igual que los jugadores no debemos ir con los humos arriba porque no hay camión de bomberos que apague el incendio que deja la tristeza luego de la euforia de estar a un paso de la semifinal de Libertadores.
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