Al equipo no lo puedes cambiar

Hace algún tiempo, un aficionado uruguayo decía en la cadena Tenfield, que era sumamente complicado y hasta imposible que un aficionado cambie de equipo. Asentí razonablemente al hincha charrúa porque es verdad, no te puedes cambiar de Nacional a Peñarol, River a Boca, Estudiantes de Mérida a Táchira y se me concatenó una serie de pensamientos y una historia.
Mi historia con la pelota, comenzó a mediados de los 80 en Pueblo Llano de donde soy oriundo. Allá no había canchas de fútbol, eso sí, el futbolito se jugaba en cada aldea. En una oportunidad y aprovechando la planicie del garaje de mi casa en la Avenida Miranda, mi hermano y dos o tres amigos más como Jorge (ocurrente e inventor), Lesme (el que ordenaba las ideas) y Henry, el más grande y mentiroso de la patota, comenzamos a limpiar el terreno y con arcos de madera poníamos a rodar la pelota luego de clases y hasta altas horas de la noche.
Luego los juegos se transformaron en eventos de una semana de largo, donde empezábamos a formar equipos de dos o tres jugadores y el viernes teníamos un campeón, además usábamos nuestro talento de carpinteros para hacer los trofeos y premiar al ganador. La actividad alcanzó resonancia en el pueblo y recuerdo haber hecho dentro del mismo evento maratones, juegos de voleibol, Gincana, pero el “fútbol” en una cancha de 5 por 8 metros aproximadamente era el evento central y podríamos reunir a una cantidad envidiable de niños y algunos adultos con espíritu deportivo y bagazos de mentalidad infantil. Rodeamos el lugar con una cerca que mi abuelo tenía para hacer un corral de gallinas y que tuvo que prolongar hasta que nuestra fiebre terminara, lo limpiamos lo pusimos al día. Los juegos eran narrados por Lesme y Freddy “Ojitos” quienes jamás se decantaron por tocar la pelota. Los juegos se interrumpían porque el árbitro era cuestionado duramente por uno de los equipos y perdía la autoridad o porque el balón se iba para la quebrada.
Los equipos tomaban nombres, y aunque todos éramos del equipo de La Placita, uno de los equipos mas aguerridos del pueblo, ninguno usaba ese nombre. El mío se llamaba Los Andes, y estaba identificado con una copa dibujada en papel y pegada a uno de nuestro uniforme. Esa copa duró un solo día, alguien me la arrancó en una jugada donde seguramente lo dejé botado en un pique al estilo Gareth Bale. Otro equipo se llamaba Atlético, vestido con short azul y camisa de vestir de rayas. Yo me burlaba porque pareciera que fueran a una fiesta, eso sí, eran buenos. El último equipo, con los amigos menos participativos se llamaba Zamora, les confieso que fueron los mismos envidiosos que me arrancaron la copa de papel. Este nombre Zamora, era inspirado en el equipo de fútbol de primera división de Barinas. ¿Ninguno se llamaba Estudiantes? No, a pesar de que era una década de gloria para el “Albirojo” nadie tomó su nombre, creo que era debido a la ausencia de información. La Radio merideña no llegaba a Pueblo Llano, pero llegaban las de Barinas y creo que escuchar el nombre de ese equipo, hizo que este equipo se identificara con el barinés.
A finales de los 80 me mudé a Mérida, pero durante las vacaciones previas llega a mis manos un periódico barinés llamado El Espacio y veo el calendario del torneo nacional donde anunciaban cada juego con fecha y hora, por lo que me dio pie a hacer un seguimiento a los equipos. La primera fecha ya había pasado y la segunda era el Clásico de La Montaña Estudiantes vs ULA. No sabía cómo ingresar al estadio, si era gratis o paga, si narraban o no. Nada, pero eso si, mi hermano, otro primo y yo de entre 9 y 11 años tomamos la buseta de los Chorros de Milla directo al Soto Rosa y allí comenzó la historia.
Cada domingo, jugara quien jugara, íbamos al estadio luego de la misa dominical en Milla. En la taquilla,mi primo Leo colocaba cara de triste y le decía a alguien que estaba en la cola de la taquilla que lo pasara. En ese entonces, un niño entraba con un adulto. Para él era fácil pero a mi me costaba inmolarme en la entrada del estadio para pedir ese favor, era demasiado penoso. Eso sí, a la quinta fecha, también yo ponía cara de aquel niño que nunca tuvo un juguete, una cara de completo mártir y la entraba estaba asegurada. Nos equipamos con un radio de pilas y donde nos sentábamos los tres, la gente escuchaba la radio que colocábamos. A Veces sintonizábamos Radio Universidad que les transmitía a los dos equipos. Cuando comenzaba el “cuñero” la cambiábamos para Radio Los Andes 1040 que le transmitía a ULA o Radio Cumbre que le transmitía a Estudiantes. Fecha tras fecha, ULA peleaba mejor en la tabla, Estudiantes por el contrario era un cúmulo de empates y en la temporada 89-90 su primer triunfo fue ante el equipo de mis amigos poco participativos, Atlético Zamora a mitad de la primera vuelta.
Estudiantes y ULA defendían el gentilicio merideño así que yo le aplaudía a los dos. Nos gustaba sentarnos en la tribuna que da al mercado Soto Rosa en la primera fila, con las rejas de frente y cada vez que el equipo hacía gol, me levantaba a aplaudirlo. Pero en la segunda ronda, y en el Clásico de la Montaña mi primo “Leíto” se levantó para aplaudir el gol de La Furia Azul pero mi hermano y yo, no. Cuando Estudiantes anotó el gol, nuestro primo nos devolvió la deferencia, nosotros nos levantamos y él no, allí me di cuenta de que Estudiantes era mi equipo, me delaté, me di cuenta, no sé, pero “Al equipo no lo puedes cambiar y menos luego de 47 años de historia”.







