!Paren de sufrir!

 

 

Hace algunos meses, tal vez un año, la revista Minuto 90 hizo un reportaje de las aficiones más infelices del mundo. ¡Si! Las aficiones que siguen a un equipo y que disfrutan de pocas satisfacciones más allá de una alegría dominical. Allí aparecía un apartado de 3 equipos latinos, recuerdo al América de Cali. Por un momento me reí de lo anecdótico de la reseña.

 

Puedo decir que nunca he perdido un caso, bueno tampoco he ganado ninguno gracias a mi preferencia por negociar. Pero soy de los que piensa que siempre debo leer las letras pequeñas de los contratos, hasta el punto y final. Justo cuando terminaba la reseña y poco antes del punto y final había una mención especial. ¡No lo podía creer!, allí se encontraba Estudiantes de Mérida (Venezuela).

 

En esa mención especial me restriegan en la cara, que en casi 50 años sólo tenemos dos títulos de liga, y que la mayoría de las fotos de esas épocas gloriosas son en blanco y negro. No estoy hablando de las fotos de muchos de nuestros abuelos, pero desgraciadamente esas y las de Estudiantes en su época gloriosa, tienen contemporaneidad.

 

Me acordé de ese poco motivante artículo porque hace poco, mientras hacía algunas compras en el Mercado principal, una chica pelirroja ve pasar a dos chicos con la franela del equipo Estudiantes de Mérida y les dice entre dientes ¡Paren de sufrir!. Ninguno se percató del atrevimiento de la pelirroja, así que cada quien siguió su camino. Obviamente me llamó la atención y le seguí los pasos. Alcancé a escuchar que le comentaba a su amiga “Si tu novio es fanático de Estudiantes, déjalo hoy mismo, les encanta sufrir” y sonrió. Me pareció osada pero admiré su riqueza lingüística.

 

Pero, debo admitir tristemente, que tanto la revista como la pelirroja, tienen una razón impresionante. Y eso concuerda con aquel dicho “si no se sufre no es de Estudiantes”. Pareciera un karma, una tara, una vaina que no se borra ni con un título del apertura.

 

La pelirroja se da cuenta de que tiene mi atención y aunque trató de apurar el paso para minimizar su vergüenza, finalmente llega a la esquina de un puesto de verduras, se tapa la boca y suelta una carcajada a boca jarra que sus manos no pudieron contener. Era como un dique rebosado y su lagrimeo ambientaba perfectamente el escenario.

 

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