La realidad Vs la opinión de las mayorías

Desde el “Boom Vinotinto” hubo un cambio en la percepción del fanático y del entorno del fútbol sobre la selección nacional. Pasó del anonimato a ser objeto del interés nacional. Del “¿hay un equipo de fútbol de Venezuela como los que van a las Copas del Mundo” al “Esta Eliminatoria de Conmebol tenemos que ir al Mundial”. En ese ínterin el balompié criollo creció, pero no se desarrolló. Esto entendiendo el crecimiento como un aumento o incremento de algo y el desarrollo la transformación o evolución de ese algo. Aún estamos lejos de cumplir una serie de indicadores que te proyectan a ir al máximo evento de la FIFA. Una realidad que a veces se difumina en la pasión de las masas que lo ven como un hecho imperante.
¿Se puede ir al Mundial con sinfín de carencias? Por su puesto, esto es fútbol y todo es posible. Pero en esa obsesión de ir a una Copa del Mundo, que aglutina el debate, nadie se pregunta ¿Y después del Mundial qué? Bolivia asistió a Estados Unidos 1994 con una generación dorada liderada por los: Erwin Sánchez, Julio César Baldivieso, William Ramallo y Marco Etcheverry. Con un DT internacional como el español Xabier Azkargorta. La Paz también fue clave, ya que ganó todos partidos ahí, incluso ante Brasil. Una linda historia que quedó ahí como una hazaña, que sirve para recordar en estos días de cuarentena.
En Venezuela se ha transitado el camino brincando de hazaña en hazaña, hasta la más reciente como el subcampeonato del mundo sub-20. Sin un mapa o una brújula en la cual referenciarse. Con los binoculares puesto y divisando en la lejanía el Mundial, pero si ver por dónde se pisa. De esta manera se puede llegar a una Copa del Mundo, más si le sumamos que para 2026 aumentan los cupos. Pero será esporádico y con una dosis alta de azar. La historia de siempre: se logran objetivos “a pesar de “ y no “gracias a”.
La cabeza de turco predilecta siempre es la Federación Venezolana de Fútbol y sus dirigentes. El lema que se hizo tan popular en Argentina, en diciembre de 2001, también se escucha en el fútbol criollo: “Que se vayan todos”. Pero la raíz de los problemas de este deporte, como los del país, son multifactoriales y no tienen recetas mágicas para solucionarse. Ni con la lámpara de Aladino, porque tres deseos no bastan para los cambios que hay que hacer. La FVF ha cometido sus errores y hay decisiones cuestionables como la ausencia de una figura en mercadeo desde la salida de Elvia Mijares. Fuera de las oficinas se puede hablar de lo atropellada que fue la salida de Rafael Dudamel y la consiguiente llegada de José Peseiro, a pocos días de iniciar un Premundial. Si bien el ente federativo tiene sus lunares y aspectos a corregir, sería reduccionista acusarlos de ser el origen de todos los males.
La culpa también suele recaer en los banquillos y esta vez se cumplió el anhelo de una inmensa mayoría: un estratega internacional. El tema es que un extranjero no es Harry Potter, que va a llegar con una varita mágica a cambiar el fútbol nacional de la noche a la mañana. De último se culpa a los jugadores, quienes tampoco están exentos de responsabilidades, pero quienes han logrado ganarse un lugar en el mercado internacional con su esfuerzo, tras romper las barreras de los prejuicios y el peso del pasaporte venezolano en el mundo del balompié.
Son muchos problemas y esa realidad del fútbol venezolano. Con todas esas expectativas que amalgaman pasiones con opiniones se choca con la pared de hormigón que son los hechos, la frustración es inevitable. Pero esa desilusión tiene que predominar la constancia, que a la postre derivará en el éxito. Hay que reconducir el debate y no conformarse con ir al Mundial “cómo sea”, lo decía Johan Cruyff: “Si no sabían por qué ganábamos cómo van a saber por qué perdemos”. Hay que trazar una ruta.
En el fútbol como en la vida, lo importante es el viaje y no el destino. Para que esa meta tenga un gusto diferente y no el de una épica, se debe recopilar todo los bueno que se ha hecho en los últimos años y aplicarlo. Que ese éxito en categorías menores, ese Centenariazo, esa Copa América 2011 sean parte de ese mapa con el que se puedan guiar los entrenadores y personas allegadas al mundo del fútbol.
Mucho se habla de una sede para los partidos de local, pero nadie debate cuál es la que beneficiaría más a la Vinotinto y su juego. No limitarse a cuál tiene mejor afición. Lo hace Bolivia y Ecuador con las asfixiantes Quito y La Paz. La misma Colombia que volvió a Barranquilla y su insufrible calor, en lugar de la altura de Bogotá. Se conversa de categorías menores, pero no del nivel de formación de los entrenadores que están encargados de esas categorías.
Pasan los años y aún se tienen son equipos de futbol, pero no clubes. Cada vez son más lo que invierten en infraestructuras, pero no es el común denominador. Muchos son nómadas migrando de cancha y cancha alquilada para entrenar, o sobrecargan la cancha que usarán el domingo. Muchos dependen de una gobernación o de un mecenas del sector privado para que las cuentas cierren. Sin mucha difusión, pero tampoco sin acercarse a los diferentes medios para tener más atención. Ni hablar del poco interés que tienen en el apartado del mercadeo. Los clubes son la selección, solos que tienen el jugador el día a día y lo forman. Si bien ahora venden esos talentos cada vez más temprano, lo ideal que lo hagan con jugadores pulidos y no que tengan que pasar por filiales de los elencos a los que fichan para culminar sus procesos de formación.
¿Y la Asociaciones de fútbol de los estados? Una figura en la que nadie repara, pero están encargados de la masificación de una disciplina que aún tiene que competir con el béisbol y el baloncesto. Casi todos los futbolistas profesionales, por no decir todos, pasan por un torneo estadal. Pero hay torneo de colegios, que también son una pieza importante en el engranaje, que tienen más brillo y, a veces, más organización.
Esta cuarentena debe servir para asimilar todas esas realidades y que las exigencias no sean simplistas de que “se vayan todos” o “traer un DT de afuera”. Las demandas deben pasar por un cambio en todas las estructuras del balompié criollo. Quitarnos eso binoculares y escribir una bitácora. Cuando la obsesión sea construir un puente al Mundial y no llegar con los “como sea”. En ese punto ir a esa cita dejará de ser una hazaña y pasará a ser habitual. Ese día la hazaña o lo épico será bordarse una estrella en el escudo, no solo ser parte de la comparsa y salir en el álbum de Panini.
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