El gran patrocinante

 

Todo fue culpa de Gil, Gil le dijo al resto de sus compañeros que su papá se encargaría de los uniformes para ese torneo. Julito pegó un salto y pidió el número 11 en su espalda, pero Orlando lo intimidó con su grandeza y trayectoria y lo inmutó para quedarse él con ese número. Todos pensaron que el papá sería el gran patrocinante de esa muchachada, pero la realidad los dejó convencidos de que Gil tenía un carisma enorme para prometer el cielo.

 

Antes del triangular, ellos buscaron un nombre para el equipo que sonara imponente y coincidieron en colocarle Atlético, que denotaba ser obviamente rimbombante, que transmitía poderío y pundonor deportivo, pero cuando los vimos con ese uniforme, era cómico, pero al mismo tiempo contradictorio, incoherente y hasta paradójico. Todos querían matar a Gil y el tiempo de buscar uniformes se había agotado.

 

Fueron nuestros rivales del juego que definía el campeón de ese torneo. Ese día culpé a Jorge y no porque quise, era porque ese 3 a 0 en contra me hirvió la sangre, la verdad es que Jorge nunca se vendió, desde el minuto 0 quería ganar, pero ese día me tocó recriminarlo porque no le podía recriminar a Atlético, que aunque jugaban con camiseta de vestir, nos habían ganado sin ningún problema y lo peor de todo es que se relajaron en el segundo tiempo.

 

“Les falta los zapatos de vestir para la fiesta” le fije a Gil, QEPD porque eso parecía cuando corrían con su camiseta de vestir. Ese uniforme era raro, pero no era raro sólo por esas franjas horizontales negro con gris y algunos destellos rojos, sino porque nunca se arrugaron y podría jurar que no se les cayó ningún botón.

 

Ese 3 a 0 fue una triste despedida para algo que habíamos organizado y deseado. A lo mejor los de Atlético no eran mejor que nosotros, pero decidir jugar con camisas de vestir fue quizás la mejor motivación para ellos porque los hizo unirse para rebatir las burlas. Y esa motivación no nació el día del primer juego cuando mostraron su uniforme, sino la noche anterior

 

Gil con el asumido compromiso, recordó que su padre había colocado en la vitrina trasera una docena de camisas de vestir, manga corta, formal, con el torso bien definido, que, aunque había exhibido por meses en un maniquí tras otros, jamás había podido vender. Su papá había llamado en innumerables veces al proveedor para que le cambiara la mercancía hasta que más nunca supo de ellos.

 

Entonces esperó a que su padre se durmiera para tomar la llave del almacén, al final las probabilidades de que su papá se enterara eran mínimas, jamás iba a los juegos. Entró a la habitación y cada movimiento que hacía buscaba hacerlo en sintonía con los ronquidos de su padre y sacando provecho del profundo dormir de su madre. Cuando finalmente tiene la llave en su mano, lo vio como un trofeo y a paso lento caminó en dirección al almacén para vaciar no sólo la vitrina, sino su compromiso y las rabietas de su padre que cambiaba de colores cada vez que las veía.

 

Luego de la premiación, Gil pasa por cada uno de los jugadores y recoge las camisas de la suerte, las lava, y con la misma cautela las coloca de vuelta en el almacén. Días después supo que tres de sus compañeros con sus padres habían ido a agradecer a su padre por patrocinar al equipo campeón.

 

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