El paso en falso de Peseiro en su debut Vinotinto

 

Luis Vílchez / @lvilchez8.- La emoción duró poco y se transformó en angustia. Esas son las eliminatorias de la CONMEBOL. Cada punto es importante y pocos partidos son plácidos para los 10 elencos. Si te llamas Venezuela, el reto es más cuesta arriba, pero igual la ilusión invade el cuerpo de la hinchada y se piensa que ni el Brasil de 1970 puede detener a la Vinotinto, porque así es la pasión. Pero en realidad suele ser un balde de agua fría, en este caso fueron tres cubetas heladas. Colombia ganó 3-0 y se dio el lujo de regularse. Sin mucha oposición, porque en Barranquilla no se vio ni el equipo de Rafael Dudamel y tampoco de José Peseiro.

 

El inicio es ingrato para el DT portugués, que se mantuvo firme en su cargo, a pesar de que más de uno hubiese abandonado un camino de minas cada vez más sinuoso. Tres días de entrenamientos y muchas bajas de peso. Todo eso lo manejaba el público, pero nadie se esperaba que la transición de lo virtual (muchas horas de Zoom) a la cancha fuese tan ruda, tan cruda y tan áspera. Pero con la cabeza fría, el resultado no era para nada descabellado. El realismo mágico fue las condiciones en que se llegó al partido, no el transcurso de este.

 

En el campo se vio una propuesta más ofensiva con un 4-2-3-1, en el cual se combinaban los bajitos y rápidos como lo son: Jhon Murillo –que con la Vinotinto poco falla–, Darwin Machís y Jefferson Savarino; los dos últimos de buen presente en sus clubes. Arriba Sergio Córdova, el delantero que hace vida en la Bundesliga. Todo sostenido por el discurso que el lusitano prometió. Pero siempre es más fácil destruir que construir. Esos automatismos de ataque, esas pequeñas sociedades tardan tiempo en la cacha, elemento que no tuvo Peseiro.

 

 

Sin Junior Moreno, la opción del trivote pudo perder atractivo. Pero sin Salomón Rondón, la salida en largo perdió de sentido. Dos bajas que explican un poco lo largo que se vio el equipo. Los laterales se soltaron a atacar, acordes al discurso, pero no siempre lo que el pueblo quiere escuchar es lo necesario y lo mejor. Peseiro no es un demagogo ni un osado, pero el castillo del que habló Dudamel, en una entrevista en diario El Espectador, no fue tal. Nunca hubo una dupla de centrales consolidada, ni tampoco un mejor argumento en salida que el trazo largo a Rondón, a la espera de que por las bandas la velocidad de sus extremos –la posición en donde todas las categorías de la selección tiene más efectivos.

 

Para dar el paso al frente, era necesario ese avance en la faceta ofensiva. En el fútbol es un pecado disociar, por ende, mejorar el ataque significa mejorar muchas otras conductas. Cuando Venezuela tuvo el balón se notó la falta de esos conceptos, se recurrió mucho a la salida de los centrales, Jhon Chancellor y Wilker Ángel, que luego de prestarse el balón, muchas veces buscaban auxilio en Wuilker Faríñez. El caraqueño tendrá muchas virtudes, pero el juego con los pies no es una de ellas. Por eso cuando su nombre se ligaba al Barcelona, era fácil deducir que era un rumor condenado a tener una vida efímera. La salida en largo sin Rondón y un Fernando Aristeguieta que tardó en llegar por los protocolos sanitarios, no era opción.

 

Los mejores remates de la selección llegaron de sus dos laterales: Roberto Rosales, por izquierda, y Ronald Hernández, por derecha. Pero el precio fue muy caro y es que a sus espaldas no hubo una fiesta, sino un carnaval de esos que tanto caracterizan a Barranquilla. En el primer gol el que llega a cerrar a Juan Guillermo Cuadrado es Savarino. Sí, el enganche del equipo. Rosales quedó anulado arriba por un pase de primera de James Cuadrado, indetectable durante todo el encuentro y con plena libertad de movimiento. El centro de Cuadrado se paseó por toda el área, ante la mirada de los centrales y de Faríñez, y sin problemas lo aprovechó Duvan Zapata.

 

 

En el segundo tanto, Johan Mujica le dijo bienvenido al premundial a Ronald Hernández, y luego de dejarlo plantado lanzó otro centro sin oposición. Esta vez el balón pasó por delante de toda la zaga que se corrió a la izquierda imantada por el esférico. Nadie referenció a Luis Muriel, quien no tuvo que hacer un gran freno o desmarque de goleador. Cierta “ingenuidad”, término usado por Rincón después del partido, se vio reflejada en una acción, que le permitió al atacante de la Atalanta (Italia), hacer un gol digno de una práctica de remates.

 

El periodista Eduardo Ustariz, en un viejo trabajo para Ecos del Balón, expuso que Muriel y su forma de jugar suelen asemejarse a las de Ronaldo, “O Fenómeno”, salvando las distancias. En el tercer tanto se vio una corrida como las del brasileño, solo le faltó la bicicleta habitual, pero para eludir a Chancellor solo bastó alargar el balón un poco y con un remate potente batió a Faríñez, que no puso mucha oposición y que mostró las inseguridades, que ya había reflejado en la Copa América de 2019, pero que sus reflejos suelen eclipsar.

 

En el fútbol el rival juega y sin hacer una presión asfixiante, muy del fútbol moderno que a veces marca hombre a hombre, que caen tres jugadores presionar hasta la salida del portero, eso no le hizo falta a Colombia. El equipo de Queiroz demostró que sabe jugar directo, como amasar el balón. Cuando apretar arriba para dejar sin opciones de pases a los centrales y se vean obligados a rifar, como cuando dejar venir al rival, para luego ir a por los espacios. Venezuela pudo tener el balón, pero entre Colombia y la falta de trabajo, la posesión fue estéril.

 

Se vio un tímido intento de salida Lavolpiana con Rincón, pero tampoco fue una solución. Con Herrera más suelto, en muchas fases el equipo se paraba en un 4-1-4-1, como en la época de Dudamel. A veces con Savarino más adelante, podía ser un 4-4-2. Pero ninguno de los dos pudo detener a Colombia, su movilidad, su hacer ancha la cancha, un Cuadrado escurridizo y James mandón. Un eterno quiero y no puedo, que tradujo en el grito desesperado, al final, de Peseiro: “¡Toque!”.

 

Afilar la guillotina sería lo único más loco que las condiciones en la que llegó la Vinotinto a este duelo. La derrota fue un correctivo ácido, por el valor sentimental del clásico ante Colombia. De cierta manera peligroso, porque Colombia era una plaza donde Venezuela ha sabido competir y ese punto en la carretera podía incluirse en un presupuesto. Pero el equipo tendrá que mejorar mucho, porque ni la herramienta de la pelota quieta, extraviada desde el ciclo de Farías –el retiro de Juan Arango no es casualidad con esta estadística–, ya que varios saques de esquinas de Machís se quedaron cortos, con una selección con buen poderío aéreo: Herrera, Chancellor, Córdova y Ángel. El tiempo corre y los dolores de cabeza de Peseiro solo acaban de empezar. Dios lo colme de paciencia, porque la sabiduría la tiene.