La carta que nunca escribí
La FIFA no juega fútbol. Las cartas tampoco. La frase inicial fue la tajante respuesta de un técnico brasileño que llegó a Venezuela en los años 80 a trabajar como preparador de porteros de la selección nacional infantil, acorralado por el Colegio de Entrenadores que le exigía el famoso carnet FIFA. Una credencial que, por cierto, lucía una colega que nunca se había bajado de unos tacones. Un aguatero que se aprovechó de sus influencias. Y también mi amigo Ricardito que lo único que hacía bien cuando se calzaba los tacos eran los saques de banda.
Años después hemos descubierto, tardíamente, y gracias a la ignorante futbolera de Loretta Lynch, Fiscal general de los Estados Unidos, que el hasta entonces intocable ente supremo del balompié mundial, ciertamente “nao joga futebol” sino que administraba a mano suelta todo menos las cosas del inocente baloncito.
Igual ocurre con las cartas. Ese estilo epistolar, tan impersonal cuando no se trata de cartas de amor o de renuncia. Una forma de comunicarse a la que habitualmente recurren los hombres públicos para salir de los embrollos, inspiradas por sus asesores y que terminan siendo firmadas por los responsables sin medir las consecuencias. En fluido verbo y elegante rima, lanzan aquella retahíla y después, cuando se dan cuentan que esa vaina no la quisieron o debieron decir nunca, ya es tarde para recoger el agua derramada. “Me han malinterpretado”, recularán.
Pasa igual con los discursos que leen ciertos políticos, detrás de los cuales hay frases y palabras milimétricamente elaboradas que en su puta vida expresarían de viva voz, porque o no saben que significan o sus cerebros no están en capacidad de dibujar tan lindas metáforas para engañar a los incautos, que cada vez son menos en esta Venezuela revelada.
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El fútbol venezolano se ha vuelto cartero, invadido de comunicados y justificativos. Se pretende capear el temporal y embalsamar la pesada atmósfera que lo envuelve luego de los nefastos resultados de las eliminatorias. La ausencia de su gran líder, hoy preso, intocable después de casi 30 años, ha hecho que, tal y como le ha ocurrido a aquel país que intentó en vano revivir al susodicho, se haya convertido en un saco de gatos, sin brújula aparente para salir bien librado ante tantos entuertos.
Sanvicente, los jugadores, los directivos y allegados, los pretendientes federativos, los periodistas, los aficionados, todos nos sentimos con derecho a opinar en un ejercicio de democracia nunca antes permitido. Cada quien tiene la fórmula para salir de este duro trance, explanando lo que conviene. Una nebulosa densa y complicada, en la que los resultados deportivos y la pobre expresión en la cancha de este ciclo, quedan a un lado, para entrar en insospechados terrenos.
El de Sanvicente, que no tiene la labia de Páez ni de Farías, aflorando sus limitaciones para manejar acertadamente la transición y entender la mentalidad y el ámbito del jugador venezolano moderno, que no es el mismo del inicio de los ciclos del filosófico médico merideño y del intransigente pero aplicado hijo de Guiria.
El de los jugadores que andan pidiendo los suyo ($) y quieren cortarle la cabeza a quien no los complazca o se atreva a sugerir sus fallas técnicas y personales.
Los directivos y allegados enfrascados en luchas intestinas en estos tiempos tormentosos.
Los clubes que idean la forma de librarse de las cadenas presentando propuestas autónomas para manejar su coroto.
Las asociaciones que buscan arrimarse a la oferta de quién da más.
Del ejército de candidatos que saca partido a este dislate y se mueve trastienda o se hace visible a través de medios y redes pidiendo prácticamente una constituyente.
Los periodistas, esos personajes “incómodos, siniestros”, pintados en la pared, otra vez arrinconados, en una fiesta en la que otra vez no tienen derecho a llevarse el adornito de la mesa.
Y, finalmente, los aficionados y las gentes de un país culturalmente no futbolizado que siguen sin entender las matemáticas del balón que dicen que tenemos cero puntos, cero plata, cero todo, pero que ahora debemos aproximarnos más a la lejana Qatar 2022 porque Rusia 2018 ahora queda muy lejos.
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Así las cosas, estamos a la expectativa de otra carta que debe estar cocinándose en el teclado de algún intelectual o escritorio de abogados, preparando el terreno, si seguimos en la olla después de los exámenes ante Perú y Chile en el 2016.
Si alguien mal interpreta esta columna, culparé a mis asesores que dijeron lo que yo no dije o quise decir, porque mi oficio es gritar goles y escribir canciones que nadie canta.







