Comer fútbol venezolano…

columnista_carlos_dickson_perez

 

El argumento es trillado y fácil. “La gente no va los estadios porque la prioridad es comer”, en esta hora de graves quebrantos de la patria. La seguridad pública y el transporte están también en el listado de justificativos.
 
Es posible que dentro del campo haya más gente que en las gradas. Una realidad concreta se antepone a otra virtual. 600 fieles, cuando no menos, en las tribunas. 60 mil o más seguidores en las redes, blanden los eficaces departamentos de prensa expertos en multimedia, periodismo intergaláctico 2.0 y demás cibervainas.
 
Y cómo revertir esa cruda evidencia que se acentúa cada vez más, mientras un ejército de futbolistas venezolanos vive una vida prestada de ricos anónimos. Evadiendo cada vez más al periodismo, con pauta condicionada por las barreras de prensa oficial, eco de los místicos técnicos de la modernidad. Fútbol manejado como secreto de estado con entrenamientos a puerta y boca cerradas. Aislamiento de monje budista en el Tibet.
 
Ante ese panorama, quién pone en los anaqueles el fútbol nacional. Cómo hacer del fútbol venezolano una necesidad perenne en el presupuesto. Una sana catarsis de 90 minutos más allá de la crisis del bolsillo que no entiende razones cuando hay verdadero amor por unos colores y se va gritar en los escaños toda la pasión que esconde esta religión llamada fútbol.
 
Es que nadie entendió que la cosa doméstica tiene una competencia atroz, desigual, con la comodidad de la poltrona de la casa y el HD de las ligas donde las canchas parecen alfombras mágicas, con aforos repletos, jugadores que celebran alborozados con su fans sin que les roben la cartera, visten como estrellas de cine y hablan como diplomáticos.
 
Que el periodismo, que ahora tanto incomoda por estos lares, tiene siempre un espacio privilegiado para la cobertura, reseña y cotejo del testimonio de los protagonistas. Averigüe usted cuántas cabinas de radio y espacios de prensa acondicionados existen en Acarigua, Valera, en el mismo Brígido Iriarte capitalino, para compensar el noble esfuerzo de esos fablistanes metiches.
Que el fútbol como todo el deporte espectáculo tiene que venderse y comerse como un divertimento familiar, conjugación de muchos factores para hacerlo atractivo. Desde el concepto de estadios amigables y atmósfera de gran fiesta. Y que nada estamos haciendo, como comunidad con intereses comunes, para enganchar a la gente, al aficionado y erradicar ese panorama sombrío de las transmisiones televisivas a puro concreto.
 
Hace rato se extravío, en los 140 caracteres, el periodismo sabroso de las fabulosas crónicas y aquellas columnas semanales de otrora, como apuntaba por estos días de manera pertinente Carlos Domingues. El modelaje y la simpatía se instalaron como oficio y desplazaron la sana y sesuda crítica. Ahora nos embolataron con explicaciones metafísicas y especulaciones algorítmicas. Todo para comentar algo que es tan elemental como decir quién lleva mejor la pelota al arco contrario.
 
Cómo añoro el verbo y la gracia de Papaíto Candal hablando del Pavero de Macuto y Altagracia de Orituco, en estos tiempos aristotélicos del fútbol venezolano…
 
A los portugueses del Marítimo con su humeante espetada en aquel Olímpico sonoro…
 
A los italianos que nos traían el jogo bonito y lo vestían de azul al lado de Mendocita…
Al Estudiantes de Ancheta, Briceño y Scarpeccio…
 
Al Táchira de William Méndez y Richard Páez…
 
Al Atlético San Cristóbal de Carlitos Maldonado, Febles y la Zorra Brito…
 
Al Portuguesa monstruo de Echenaussi, Moss, Salas, Freddy Elie y “Chiquichagua” Marín…
 
Al Portugués de Mingo y Machado…
 
Al ULA de Alfredo López, del Flaco Carvajal, Emilio Campos, René Torres, Memín e Itamar…
 
Al Mineros de Stalin, Samuel, Freites y Cheo…
 
Aquel fútbol de lenguaje llano y puertas abiertas, sin TV, sin celular, sin Internet, pero con alma en las tribunas…