El ejemplo de Puerto Ayacucho
En las dos ocasiones que he ido por el fútbol a Puerto Ayacucho, he coincidido en el vuelo con el gobernador Liborio Guarulla. A primera vista –no sé cómo lo tabulan sus opositores-, parece un tipo por demás sencillo, capaz de ir hablando familiarmente de su agenda de trabajo con alguien que está unos puestos atrás.
En Maiquetía estaba temeroso del tipo de aeronave que habitualmente hace este trayecto, equipos con hélice que, aunque impecables, siempre te inspiran desconfianza en estos tiempos de modernidad. Sorpresa fue verme embarcado en un tremendo Embraer 190 de Conviasa que salió con puntualidad inglesa y en un abrir y cerrar de ojos sobrevolaba los raudales de Atures.
Sé que estos hermosos parajes de nuestro Amazonas se denominan así porque la primera vez que fui ocupé la silla al lado del mandatario indígena, que viendo mi curiosidad y haciendo de guía turístico me habló de aquella maravilla que admiraba extasiado desde los cielos. Esa vez sentí pena porque, despistado como soy, me di cuenta ya cuando el avión estaba a punto de aterrizar que era nada más y nada menos que la máxima autoridad de esos territorios.
En esta oportunidad, como aquella vez, Liborio descendió las escaleras y sin guardaespaldas ni séquito, ingresó por una puerta pequeña y se perdió. Los pasajeros esperamos pacientemente el chequeo de nuestras cédulas y la entrega del equipaje.
Feliz de respirar otros aires, pasé muy pronto al desconcierto cuando, después de una hora, no encontraba un taxi que me condujera a mi hospedaje. Me explicaron que más importante que reservar un hotel en Puerto Ayacucho es tener un taxi contratado. Alguien se compadeció y me sacó gratuitamente hasta un lugar cercano al centro donde finalmente conseguí un servicio luego de ver pasar unos 300 mototaxis a las que no podía encaramarme con mis herramientas de transmisión y mi ajuar.
Sin conocer a Nueva Delhi, creo que por índice poblacional ninguna ciudad en el mundo debe tener más motos por metros cuadrados que Puerto Ayacucho. Es la mejor manera de dirigirse a cualquier lado. Los taxis siempre están ocupados porque cobran apenas 40 bolívares y si uno paga con 50 no se quedan con el vuelto. Una forma sabia de este negocio de los hombres del volante, que pueden ir con pasajeros y detenerse a tomar otros si están en la misma ruta, en un alarde de confianza difícil de encontrar en esta Venezuela que espanta por sus índices de criminalidad.
En dos ruedas, se paga entre 20 y 30 bolívares. Unas tres veces, cerré los ojos y me encomendé a Dios, cuando me vi de inevitable parrillero para llegar a un sitio. Lo cierto es que en cuatro días no presencié un solo accidente ni a unos motorizados anárquicos haciendo piruetas en las vías, menos sin estar equipados con un par de cascos reglamentarios. En cambio, las colas para comprar alimentos y otros insumos, allá son mundiales como en todo el país.
La Posada Manapiare es un sitio modesto pero espléndido en servicio y atenciones en un sector de Alto Parima, a unos 3 kilómetros del centro de Puerto Ayacucho. La señora Yesenia es su regente y un equipo de muchachos educados se esmera por atender al huésped. Sus habitaciones están bien aseadas, con aire acondicionado y televisión por cable. Tiene una pequeña piscina y su restaurant está en remodelación.
Lo habitual es que lleguen turistas aventureros que quieren conocer el Tobogán de la Selva o subir hasta el mirador más cercano al tepuy Autana, la que, según la mitología, es la montaña sagrada y no se debe escalar. Nuestra anfitriona puede pasar horas conversando con los visitantes explicándoles las rutinas y los riesgos en cada sitio, adivinando la falta de pericia de sus interlocutores en estos menesteres.
Comer también puede ser traumático si esperamos encontrar sitios refinados. Aquello de que “a la tierra que fueres haz lo que vieres”, es la aptitud más adecuada para un foráneo. Si un pueblo está a la margen del río hay que meterle al pescado. Con el Orinoco vibrando a su paso, es imposible no conseguir esos comederos populares en los que la oferta gastronómica rebasa las expectativas.
Una mañana nos vimos sentados desayunando en el mercado de Atures una sopa de Morocoto con arepas que sabía a gloria. Al mediodía nos metimos en el bullicio del mercado del centro, en el restaurant La Catira para degustar esta vez una versión de morocoto frito con arroz, tajadas y unas caraotas jugosas como jamás había probado. Le huí al picante catara de jugo de yuca con bachaco culón, un poco prevenido por haber viajado solitario a hacer una transmisión porque mi colega Ramón Antonio fue tumbado en Puerto Ordaz por la chikungunya y había que temer a las contingencias con algo que pudiera retar a la flora intestinal.
En cuatro días, comiendo comida rápida aquí y allá, me despedí en el restaurant del aeropuerto con un pisillo de payara ahumada de concurso. Ese plato está apuntalado por una técnica ancestral de pasar los pescados por la brasa y venderlos envueltos en una ramaje con trenzas artísticas.
El fútbol con el Deportivo La Guaira y www.trkradio.com nos llevó hasta Puerto Ayacucho, la sede del combativo y digno Tucanes de Amazonas, el equipo que patrocina el gobernador Guarulla y en el que juegan su hijo Umawali y manda su esposa según los comentarios. Tiene un estadio pequeño, limpio, reluciente y colorido en vías de expansión. Sus cabinas alfombradas con aire acondicionado, cómodas y confortables para los medios de comunicación, como en pocos estadios de Venezuela y diría que en Suramérica. Un ejemplo de diseño que deberían copiar en otros escenarios del país, incluso los que legó la Copa América de 2007.
Y gracias a la “caprichosa”, como nombra a la pelota Quique Wolf en ESPN, encontramos un buen motivo para disfrutar de la otra Venezuela, la que huele a autenticidad y se gobierna con sabiduría y sin parafernalias…Hasta un repuesto que parecía imposible para mi varado vehículo me traje entre mis alforjas. Gracias Puerto Ayacucho.
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@cdicksonp







