El llanto de los corderos

 

Esta columna debió salir hace una semana, pero en Venezuela los servicios básicos (luz, Internet, gas doméstico y/o agua) no respetan la cuarentena. Salen de casa y vuelve cuando les da la gana, así unos los pague al día –y los cobran (a precios muy por debajo de los parámetros internacionales, en honor a la verdad) sin falta, ahí son más puntuales que Yordan Osorio contra Brasil en la Copa América 2019. Esta columna se iba a llamar “Llegó la hora de sincerarse”, pero cambió en el camino. Esta columna no puede seguir sin mandarles el más sentido pésame a la familia y allegados de Javiela Liendo. Una jugadora que nos abandonó muy pronto, en un contexto donde nuestros atletas cada vez están más huérfanos.

Para leer las noticias de nuestro balompié hay que tomarse un protector gástrico y para los que no sufren gastritis crónicas –dichosos aquellos– les vale un vaso con una bebida espirituosa de su gusto, preferiblemente fuerte. Digerir las pedradas que suelta el timeline de Twitter y de las rondas que se pueden hacer en los pocos medios dedicados al balompié nacional no es una tarea sencilla. Es un toque de Realismo Mágico barnizado con informaciones que generan el estupor que solo deberían ocasionar las noticias que se ubican en la sección de Sucesos. Una catarata de problemas que llevaban mucho tiempo agazapados, que los Tío Conejo de turno le echarán toda la culpa a la pandemia, pero el COVID-19 en muchos casos solo fue el niño que gritó: “El rey está desnudo”. Sin lugar a duda el coronavirus complicó a toda la humanidad, pero en enero 2020 había clubes inviables para una primera división.

En este 2020 que prometía ser un año repleto de deporte con Copa América, Eurocopa, Juegos Olímpicos, Sudamericanos (sub-17 y sub-20) femenino; todo se frenó por el virus. Pero desde la ilusión que representaba esta fecha, no había justificación para tener 20 equipos en la primera división venezolana. Desde lo deportivo bajaba la calidad del espectáculo. Eso complicaba las intenciones de comercializarlo o de aspirar a que todos los partidos de la categoría de oro se transmitan por televisión, hecho muy habitual en otras latitudes. Incluso en lo económico no era rentable, tanto así que Llaneros abandonó el barco luego de que la FIFA los sentenciara por sus problemas de deudas, pero tuvieron la oportunidad de ir a la Copa Sudamericana. La actuación no pudo ser diferente, un equipo que engrosó las estadísticas de clubes venezolanos goleados en competición internacional.

Su cupo lo ganaron en el campo, pero si no se respalda en las oficinas no tiene justificación. De igual forma tuvieron el tupé de ir al TAS. Hoy en día sus jugadores reclaman impagos, cuando hace no mucho salieron a desmentir esta información al equipo de El Mundo es un Balón, cuando la denunciaron. El tiempo les dio la razón a los chamos de Radio Deporte 1590. Otro equipo que veía desde Pekín que seguía la senda del extinto Deportivo Anzoátegui y el vapuleado Batallón Santo era Lala FC.

Se entiende cuando desde la Liga FutVe no estipulan reducir el número de equipos, porque hay centenares de familias que se benefician del fútbol, pero ¿si no les pagan ese axioma se mantiene? Hay jugadores de Lala trabajando en las minas, una labor peligrosa por donde se le vea. No solo por la COVID-19 o el paludismo, sino por el entorno que hay en ese submundo. Ser minero en el estado Bolívar acarrea unos riesgos sin comparación con otros mineros del mundo, solo hace falta darse un paseo por portales como Armando Info, El Pitazo o RunRunes para entenderlo un poco más esa ruda realidad que se vive en nuestro país.

¿Quién ayudó a la familia del jugador de Lala que no pudo evitar que su hija falleciera? ¿Quién ayuda al jugador de Lala que le toca vender sardina o pollo? ¿Quién ayuda al jugador de Lala que tuvo que revender gasolina? Informaciones reflejadas por los medios: Triángulo Deportivo e Idioma Futve. “Lala nos dejó a la buena de Dios”, le dijo Francisco Parra al colega Alfredo Coronis. Pero aquí solo se pone la lupa en los jugadores, pero qué sucede con el personal administrativo que tampoco cobra. Aunque preocupante aún es preguntas: ¿quién será el nuevo Lala? No es ser pesimista, solo realista. La pandemia de las deudas está ahí, pero por coerción los jugadores no declaran hasta que tienen el agua por encima de la frente y salen burbujitas.

No hay que meter mucho el bisturí en el balompié nacional para saber que muchos equipos tenían el agua hasta el cuello previo a la pandemia. La justificación de “ayuda a las familias” pasa a ser una falacia, porque se les vendió una fantasía a esos trabajadores (jugadores y personal administrativo). Dedicaron un tiempo que nadie les va a devolver y esperan pacientes, en medio de la peor crisis de Sudamérica (esto antes de la pandemia), un sueldo que los regatea más que Yeferson Soltedo a los defensores del Brasileirao. En estos tiempos de cuarentena llegó el momento de reflexionar y considerar de forma urgente una reducción de equipos. Una medida que se pudo tomar de forma paulatina, pero en un país acostumbrado a correr la arruga, el darwinismo (del COVID-19 y no de la Licencia de Clubes, como se creía) será el encargado de hacer la selección natural.

En el momento que se sinceren las cuentas, solo en ese momento, esos centenares de familias no se verán embaucados por encantadores de serpientes. Y ese buen cúmulo de directivos serios, que sí hacen una labor destacable, no se verán manchados por las irresponsabilidades de otros que se sientan en su misma mesa en las reuniones. ¿Consecuencias? Peores que las actuales no puede haber, donde muchos atletas bendecidos por Dios con la habilidad de jugar fútbol y luego de hacer gala de su disciplina tras entrenar desde corta edad (muchos desde los cinco años) tienen que retirarse.

 En un país que la inflación corre más rápido que Jhon Murillo y deja rezagado al dólar (oficial o paralelo) estancado, generando la confusión de que “el dólar se devalúa”. Donde el empresario sufre un dolor de cabeza a la hora de reponer mercancía y recibe el mote de “especulador”, pero por parte de personas que no han montado un negocio, porque al momento de hacerlo vivirán el mismo dilema a la hora de fijar nuevos precios. En una economía loca, donde no hay un mecanismo fijo para tasar el costo de reposición, lo que desemboca en que los consumidores seamos los más perjudicados.

 ¿Emigrar? No todos tienen la oportunidad de fichar por un equipo República Dominicana o Panamá para ganar unos buenos miles de dólares. ¿Resultado? La teoría de ayudar a las familias manteniendo equipos, al final las perjudicó más porque los dejó huérfanos en el contexto más hostil. El remedio fue peor que la enfermedad. Así que tenemos una primera división que se llenó de bombas de tiempo, en un país que peregrina por un desierto, del cual no parece salir en el corto plazo.

En estos días sin Internet, me puse a buscar en la caja de películas y conseguí el CD de “The Silence of the Lambs” (El Silencio de los Inocentes). Me marcó la escena cuando Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) indaga en la infancia de la funcionaria del FBI, Clarice Starling (Judie Foster), y esta confianza –spoilert alert– que al quedar huérfana vivió en una granja y se levantaba en las mañanas por el llanto de los corderos. Una madrugada intentó rescatarlos abriéndoles las puertas, pero ninguno salió. Así que tomó uno, lo cargó y salió corriendo. El alguacil del pueblo la encontró a los pocos kilómetros y la devolvió. Al final ese cordero murió. Lloró mucho en ese momento y fue enviada a un orfanato. Ahora de adulta tenía pesadillas con el llanto de los corderos. Más adelante en la película, Hannibal le consulta que, si cree que al salvar a Catherine Martin del asesino serial Buffalo Bill, será como salvar ese cordero que no pudo y callará el llanto de los corderos en sus pesadillas. Ella respondió sincera: “No sé”.

En el fútbol venezolano se le han intentado abrir las puertas a los corderos. Otros incluso han llegado a cargarlos e intentar sacarlos de ese matadero que es la desorganización. Al final terminaron excluidos, con el alma llorosa y la almohada corroída de tantos “pudo ser y no fue”. Muchos escuchamos el llanto de los corderos, que en esta época de crisis cada vez es más fuerte. Desde nuestra tribuna intentamos salvar algo, rescatar a nuestra particular Catherine Martin. Ese intentar quitarle otra víctima al caos.

¿Servirá de algo? ¿Cambiará nuestro fútbol? ¿Acabará con las pesadillas y traerá paz en las noches? Con la misma sinceridad de la detective Sterling respondo: “No sé”. Pero al igual que ella, uno no se detiene. En la película logra el objetivo de rescatar a la víctima, que es hija de una senadora. Capaz en el país de lo posible, como lo es el nuestro, se puede tomar el eslogan de TNT y parafrasearlo para decir: “Pasa en las películas, pasa en la vida, pasa en TNT y pasa en Venezuela”.