La Fama

 

 “Yo soy la fama. Soy aquel que la gente reclama, pero nadie puede comprender”, reza “La Fama”, una de las canciones de Héctor Lavoe. Ese cantante puertorriqueño que visita la mayoría de las casas cuando hay una celebración y que seguro su voz se hará presente cuando termine esta película de ciencia-ficción con terror que ha sido la COVID-19. En estos tiempos de incertidumbre, donde la pelota se ha detenido la información gira en torno a la historia en los medios deportivos. Pero en Venezuela, con la misma facilidad que los productos cambian de precios, aparecen las polémicas alrededor del balompié.

 

Más allá de las habituales batallas de comunicados entre los distintos actores, la polémica que levantó más polvo fue la de Luis “Pájaro” Vera y Salomón Rondón. El primero dio a entender que en el proceso de Noel Sanvicente, donde fue asistente técnico, hubo un problema de egos desde el inicio y dejó abierta la puerta a la especulación de muchos: le hicieron la cama a “Chita”. El ex volante señaló puntualmente al máximo goleador de la selección nacional de negarse a hacer un trabajo en los entrenamientos. Esto fue en Ruta Vinotinto, el canal de Youtube de Fernando Petrochelli. El “Gladiador” le respondió a Pablo Giralt, en un Instalive, que todas esas declaraciones eran falsas y sacó chapa de haber llegado a Europa.

 

En mi casa me enseñaron que los trapos sucios se lavan en casa, como que se dice el pecado más no el pecador. Este último refrán aplicado, porque también quedó expuesto Fernando Amorebieta en esas declaraciones de Vera. En el caso de Rondón la respuesta pudo ser más política sin tener que hacer gala de su currículum, porque si criollos como él tuvieron la oportunidad de que no se les juzgara tanto por el pasaporte fue gracias a la generación de Vera, bajo las órdenes de Richard Páez. Eso que llaman los códigos del fútbol, que de buena forma el profesor José Hernández los define como los mismos códigos de la vida.

 

Precisamente desde ese Boom Vinotinto los jugadores salieron del anonimato y entraron de lleno en las fauces de la fama. En Twitter se debatió si Venezuela había tenido jugadores de élite o no. Un tema interesante, para el cual habría que trazar de forma muy clara cuáles son los parámetros y comprender de entrada que la subjetividad será inalienable en esas opiniones. Pero el tema es que así sea un jugador de élite o no, la fama no los puede consumir.

 

El trato debe ser de primera por parte de la Federación Venezolana de Fútbol, la cual ha recibido críticas de los jugadores por la logística de los viajes. Hace poco Rafael Dudamel respondió que los dirigentes no están a la altura de los jugadores. Otro gran debate, más si hay alguno de los directivos también quisiera brillar con esas luces de neón llamada fama, cuando los protagonistas son los que entran en la cancha. Pero los jugadores no pueden perder las perspectivas y buscar este tipo de polémicas, que no aportan en nada. Ellos deberían ser los primeros en velar porque las tertulias y las portas de los diarios giren en torno al balón.

 

También son la voz que el aficionado desea escuchar y se entiende que en plena temporada sean inalcanzables, sin distinguir el género, porque en el ramo femenino también ha llegado la fama tras los grandes éxitos en categorías menores, con su documental incluido. Pero en tiempos de cuarentana, donde gobierna Netflix, ¿tan difícil es dar una entrevista? Recuerdo que hace un poco más de un lustro, en mi etapa de pasante en el diario Líder, mis compañeros llamaban a Salomón Rondón luego de marcar con el Zenit de San Petersburgo, con total normalidad. Así con la mayoría de sus compañeros. Pero hace unos pocos años uno de los referentes de la selección le dijo a un colega: “Mis tiempos de hablar con la prensa venezolana ha terminado”.

 

¿La prensa venezolana es menos? Más allá de perjudicar al gremio de periodistas o los medios, se ve afectado es el fanático. Si bien las redes sociales han tendido un puente entre jugador e hincha, el canal tradicional son los medios. Si bien la última vez que estuvieron por Venezuela el trato fue excepcional, incluso hubo un Media Day. Todos los jugadores hablaron, muchos sin cassette y sin apuros. Pero hay que recordar que les habían llovido las críticas tras el desaire a los medios en Tampa, donde muchos periodistas se trasladaron de Miami e hicieron un gasto para conversar con ellos. Al final se quedaron plantados, la excusa: unos 200 metros de distancia y la cercanía del bus con los camerinos con respecto a la zona mixta que hicieron en el estadio Raymond James.

 

Si bien la doble tanda en Caracas sirvió para un lavado de cara, la crisis económica ha hecho que haya menos partidos en Venezuela y que sea muy cuesta arriba que los medios manden periodistas a los encuentros en el extranjero. Entonces el cuadro es un equipo donde se multiplican las polémicas e inaccesibles para la mayoría de los medios. Todos unos rockstars. El tema es que el balompié venezolano ha crecido, pero aún le falta mucho. Ese empujoncito tiene que venir de todos lados.

 

Muchos se preguntan si son así sin ir a un Mundial, ¿cómo serán si clasifican? ¡Ojo! Si clasifican, no si lo ganan. Otros más punzantes los tildan de los “divotintos”. Y que se entienda que el que escribe esta columna apoya tajantemente que los jugadores de la selección debe tener un trato A1 para competir en los distintos torneos. Pero la fama, merecida en cierto punto, no puede ser un ancla, sino un catapulta para que siga avanzando el fútbol nacional.

 

“La fama es la suma de los malentendidos que se reunen alrededor de un hombre”, dijo Rainer Rilke, poeta y novelista austriaco. Las glorias pasadas y presentes deben trabajar para que las siguientes sean mejores. No se les pide que sean como Edinson Cavani, y no me refiero a su retroceso en defensa, sino a que en sus vacaciones trabajen en el campo. Pero sí que intenten llevar el debate a la pelota, entiendo sus diferencias con la FVF, pero del ojo por ojo nos quedamos todos ciegos. Lo otro es acercarse un poco más al hincha, al final ellos son la base de esta rueda de dinero que se llama fútbol, que desde que llegó João Havelange a la FIFA es más un negocio que juego.

 

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