La genética charrúa sacó a Cristiano

 

La imagen que simboliza la identidad uruguaya, ha quedado patente en Rusia en la hombrada de jugadores como Nández y Torreira al disputar a ras de piso, con la cabeza, una pelota dividida.

 

Acciones temerarias, casi suicidas, que revelan el espíritu bravío, la irredimible raza, de unos tipos capaces de proezas inverosímiles cada vez que defienden la insignia de un pequeño país de América del Sur que modela calidad humana.

 

Es Uruguay, una porción estrecha de geografía del continente, en la que no caben las medias tintas a la hora de mostrar que el fútbol es más que preparación física, habilidad, sutilezas, y buen manejo táctico y estratégico. Es  otra cosa que se llama raza, un asunto genético.

 

Sólo así se entiende que hayan quedado apeados del Mundial el súper laureado Cristiano y su Portugal, flamante campeón de Europa, por unos irredimibles guerreros de la mano del respetable maestro Tabarez. Jugadores que no necesitan ningún psicólogo, motivador ni terapista de grupo, sino la sabia palabra de un hombre encorvado y enfermo que trasmite sabiduría.

 

Para Uruguay el pasado es una fuente de inspiración, las gestas de dos olimpiadas, dos copas del Mundo, 15 copas América y 8 Libertadores, hablan del linaje de estos paisanos de Pepe Mujica, un ex guerrillero que después de ser presidente de su país, volvió en su viejo Volkswagen a su humilde chacra a cultivar flores y hortalizas. Ejemplo para quienes pregonan el socialismo ancho para ellos, y angosto para la mayoría.

 

El ego de los uruguayos nunca ha sido más grande que su compromiso con una historia espléndida de logros, con la que han construido una épica capaz de someter a la lógica, para ponernos los pelos de punta.  Siempre fue así y habría que remitirse al apasionante capítulo del Maracanazo en 1958.

 

En Rusia vuelven a  repetirse escenas muchas veces vividas, siempre sorprendentes de la genética charrúa. La Francia portentosa es el próximo reto.