La Vinotinto no pudo concretar su revolución francesa en el Maurice Revello

Luis Vílchez @lvilchez8.- El reto era más alto que la Torre Eiffel, vencer a Francia en su casa. Los galos son la nobleza del balompié actual, donde amalgaman su técnica europea (recuerden a Michel Platini), la magia del Magreb (un tal Zinedine Zidane) y la fortaleza física del África subsahariana (piensen en Claude Makélélé). Todo cocinado en Clairefontaine. El desafío de Venezuela era tumbar la monarquía e irrumpir en el Palacio de Versalles. A vuelo de pájaro imposible, en la euforia de la previa pasó a ser improbable, pero con el pasó de los minutos la gesta estuvo a tiro.
El plan de partido fue distinto a lo mostrado a lo largo del torneo, incluso de entrada apostaron por la doble punta en ataque: Dani Pérez y Jeriel de Santis. De resto no hubo modificaciones. En el arco, Samuel Rodríguez. La línea de cuatro: Jon Aramburu, Andrés Ferro, Oscar Conde y Jesús Paz. Doble cinco con Andrés Romero y Emerson Ruíz, este último en rol de barredor. La creatividad era responsabilidad de Yerson Chacón y Telasco Segovia. Repliegue y contragolpes, ese era el camino. Una ruta sensata y lógica por las diferencias entre ambas escuadras.
Los pupilos de Fernando “Bocha” Batista se llevaron el primer susto con un tiro libre de Adil Aouchiche, a los tres minutos, que se estrelló en el travesaño. Pero tan solo cuatro minutos después se dio la toma de la Bastilla en los con Segovia. Primero un pase genial de “Miki” Romero a Jeriel de Santis, que jugó de tú a tú en lo físico, se adentró al área y pudo sacar un remate, pero Melvin Zinga lo detuvo. El rebote lo recogió Segovia y la mandó a guardar. La corona temblaba.
¿Qué es jugar bien –no bonito–? Aplicar tu plan de juego mejor que el rival. Eso hizo Venezuela en la primera parte para incomodar a los europeos. A los 20 minutos Dani Pérez desbordó, con un pase filtrado, pero le faltó colmillo y terminó la jugada con centro plácido para los rivales. Un minuto después, tras un sensacional pase tres dedos de Romero, quedó en buena posición contra Zinga, pero aquí más que agresividad le faltó pierna zurda.
Las oportunidades criollas dilapidadas se acumulaban. Una contra de Chacón al 34’ y otra corrida de De Santis, pase otra vez de Romero, que el ex Caracas intentó picar y se fue por encima. Por su parte Rodríguez, al 37’, tuvo una intervención cómoda. El equipo se llenaba de amarillas en un encuentro de cuchillo entre los dientes, como ejemplo la entrada de Aramburu, al 45+3’, sin miramientos, pero siempre al balón. La sensación general era que, si le faltaba filo a la guillotina, iban a terminar fusilados. Y así fue, otro caso más del “el que no hace, le hacen”.
Tan solo a cuatro minutos del complemento, Maxime Estève tuvo una clarísima tras un mal despeje de cabeza de Pérez dentro del área. El gol local no se hizo esperar y Maghnes Akliouche eludió a Ferro, mientras que el otro atacante francés arrastró a Conde con su diagonal, lo que le dejó un aclarado para mandar un sablazo al palo más lejano. La realeza fue con todo, pero Rodríguez fue el muro que evitó la debacle, primero con un tiro libre de Aouchiche, que tuvo que despejar Ferro su rebote al medio, luego al blocar otro chute.
Empezó el acoso y derribo francés, con una cadena de atajadas de Rodríguez o cruces claves como el de Conde, al 71’, que eran goles cantados. La fiebre amarilla, muchas de ellas cuestionables, desembocó en una roja de Ruíz, al 76’, para que tan solo segundos después Nathanaël Mbuku hiciera un golazo fuera del área, en el que gran lunar de la acción es el despiste defensivo, ya que nace de un saque de banda. Cuando todo parecía caer, Rodríguez detuvo un mano a mano claro, en su mejor partido del torneo.
En los últimos minutos Venezuela decidió que si iba a caer iba a ser como los 300 espartanos contra los persas. La ráfaga inició, al 86’, con una corrida de De Santis, que dejó con el arco de cara Matías Lacava, pero no pudo darle dirección de arco. Luego un centro que el ariete de Boavista contacto con el hombro y no con la cabeza. La última fue una triangulación made in Cota 905, entre Manuel Sulbarán, Bryant Ortega, que culminó en un remate por encima de Saúl Guarirapa.
Francia parafraseó a Luis XIV y dijo: “El fútbol soy yo”. Pero de un escenario que a priori era bueno contener los daños, pasaron quedarse con la sangre en el ojo, por competir de tú a tú, con sus armas, hasta el final. Telasco Segovia se llevó el mejor jugador del torneo, mientras que Pérez, Ferro y Chacón también se llevaron reconocimientos. En la furiosa actualidad, el sabor dejado por el Maurice Revello es agridulce. Pero como el buen vino tinto, con el tiempo se valorará de una manera sumamente positiva. No hay que tener una bola cristal para predecir que en 2042 se hablará de este torneo en las charlas futboleras y todos recordarán: ¿Dónde la vieron? ¿Cómo gritaron el gol? ¿Qué improperios comentaron del arbitraje? Pero, sobre todo, las puertas que va a abrir (no solo en el Viejo Continente) este certamen al jugador criollo.







