Los adultos prematuros

 

Las personas que pierden a sus padres a temprana edad o la diosa Fortuna le da la espalda en su infancia tienen dos opciones: rendirse o madurar de golpe. La vida es injusta. No todos van a Orlando para conocer a Mickey de niños y de adolescente solo se preocupan por el nuevo FIFA para su Playstation. A muchos les toca hacerse adultos de repente, pero esta transición vertiginosa les curte la piel para las ventiscas del camino. Eso un poco la realidad que ha pasado en el balompié criollo, donde los héroes de los partidos aún no pueden ir a una discoteca ni votar. Muchos no llegan al segundo piso y son los que controlan los hilos de su equipo.

 

La crisis económica ha hecho que el éxodo de jugadores cada vez sea mayor. Sin importar el destino, lo que importa es mejorar la calidad de vida. Mientras más rápido, mejor. Mucho más en país que desde hace rato tiene la palanca en retroceso y el acelerador a fondo. El tópico del pasaporte siempre es visto como un ancla, pero en este caso es una virtud: para los ojos del mercado los criollos son más económicos que un uruguayo o un argentino, para no nombrar a los brasileños. Si le sumamos el caché que dio el subcampeonato del mundo sub-20, la vía de escape se pavimenta con mayor facilidad.

 

El otro factor importante en esta ecuación es que los primeros que salieron dejaron la bandera en alto, para que la puerta no se cerrara. El talento siempre estuvo en Venezuela, solo que las metas de los niños se depositaban en el béisbol y en segundo lugar en el baloncesto. El balompié no era una opción hasta el Boom Vinotinto. Esa selección de Richard Páez generó un cambio sociológico en una población acostumbrada a consumir mucho fútbol, pero siempre del extranjero. Lamentablemente muy pocos clubes se vieron reflejados en ese espejo y por medio del mercadeo lograron captar esa atención. Por los momentos la gente sigue al Barcelona o al Madrid, junto con la Vinotinto, pero pocos al club de su región.

 

Todo esto en un país que  fundamentó su riqueza en el petróleo y que desde el Viernes Negro de 1983 aprendió que la opulencia de la 70, fue una ilusión de un Boom Petrolero, pero no del sudor de las frentes. Las crisis se hicieron habituales. El Bolívar se devaluó y la inflación subió. En los 90, el país que fue ejemplo de democracia en toda América Latina, volvió a las andadas con los golpes de Estado, previo a un estallido social: el Caracazo. En el nuevo milenio hubo otra alza en los precios del petróleo y un hecho casi milagroso como lo es un bono demográfico, que en pocas palabras es cuando un país tiene más población en edad laboral, que niños o personas de la tercera edad. Tampoco se aprovechó y se conoció lo que era una hiperinflación. El deporte pasó a ser una vía de ascenso social y en la pole position se ubicó el fútbol, donde antes dominaba a solas el béisbol.

 

Para muchos padres que su hijo fuese futbolista era un sinónimo de que se muriera de hambre, un lamentable prejuicio que quedó sepultado desde los años 2000. Apareció la norma del juvenil y más oportunidades se les abrieron a los jóvenes, a partir de ese 2007. Aunque talento de calidad había antes de ese reglamento, como muestra esa selección sub-20 de 2005 en donde estaban: Luis Manuel Seijas, Ronald Vargas, Alejandro Guerra, Paúl Ramírez o Nicolás “Miku” Fedor.

 

Mucho se habla de generaciones perdidas o generaciones de oro, pero la calidad siempre la hubo en el país. Lo que faltaba era una estructura para consolidarlos y una sociedad que creyera en ellos. El problema es que vivir en Venezuela es como jugar Jumanji. Todos los días te levantas, tiras los dados y esperas la nueva sorpresa que te depara el tablero. Esto hace que los procesos naturales de desarrollo se aceleren. Hasta en los equipos con vitrinas llenas de trofeos, los canteranos son adultos prematuros.

 

No hay punto medio: veteranos con un pasado esplendoroso y talentos bisoños que dan sus primeros pasos. Chamos que debutan primero en la Copa Libertadores, que en la Liga Futve. Este es el presente y el futuro inmediato de una liga, que no tiene una burbuja que lo salve de la peor crisis económica de Latinoamérica. Estos adolescentes se han puesto los pantalones y han respondido. Alzaron su voz y les metieron el pecho a las balas. Demostraron porque la juventud es un divino tesoro y dieron varias razones para que los directivos apuesten por la lozanía antes que los extranjeros.

Pero tanto al adolescente que queda huérfano como al juvenil que debe volverse profesional de golpe, siempre hay un adulto que lo guía. Un maestro que le da la mano. Por eso la inversión debe ir en gran parte a los entrenadores de categorías menores y su formación. Si hoy gritamos los goles de Saúl Guarirapa o de Edson Rivas es porque en su camino pasaron varios estrategas que los encaminaron, que les enseñaron valores como la disciplina. Que los hicieron ver que el talento no lo es todo.

 

La realidad es la que es y la justicia es un concepto que inventó el hombre. En este Jumanji no hay tiempo de lamentos, solo queda tirar los dados y jugar hasta que el juego termine, a la espera de un final feliz. Las caras con acné e inocencia serán cada vez más comunes, mientras la economía deja de ser un azote en nuestras vidas. Los chamos han demostrado que no les pesa ese reto, entonces que de parte de la Federación Venezolana de Fútbol y de la Liga Futve que cree un plan para todos esos formadores que la están pasando mal. Mientras más herramientas tengan los entrenadores del fútbol menor, más Guarirapa saldrán. El talento esta regado por el país, a la espera de que se le trabaje y se le dé la oportunidad de ser un profesional más.