Los restos marabinos de Messi

El Fútbol en Cuentos

 

Mucha gente no sabe qué opinar sobre la estatua erigida a Lionel Messi en la Vereda del Lago de Maracaibo. ¿Por qué no levantaron una estatua al merideño Ruberth Morán o al “pequeño” Rondón cuando hizo un gol en el Pachencho Romero en el primer triunfo histórico ante Uruguay. O una a Mea Vitali del Unión Atlético Maracaibo por hacerle el golazo a Boca Juniors en la Libertadores del 2006?. ¿Por qué no una al “Avión” Medina o Filippo Fabiani del Maracaibo FC por evitar infructuosamente el descenso en los años noventa?

 

Maracaibo que siempre ha pregonado regionalismo en las voces gaiteras de Ricardo Aguirre y “Negrito” Borjas, se dejó meter ese gol. Ese de homenajear glorias futboleras extranjeras en vez de locales. Muy diferente a los páramos andinos que levantaron estatuas a sus glorias de Estudiantes de Mérida y Unión Atlético Táchira.

 

Tendrían que entender qué hay detrás de una figura, de la persona, de sus hazañas, para saber el significado de aquel montón de bronce forjado transformado en estatua y estacionado en lugares donde no solo pasa el tiempo sino personas con sus respetos o burlas. Yo no digo nada, porque creo entenderlo.

 

Aquel día, los tres nos sentamos a tomar una taza de café siguiendo en protocolo local, ese que constaba de copiar hábitos maternales y llevarlos en la finita línea de la vida sirviéndolo en un pocillo de peltre desportillado que evidenciaba el paso y la inclemencia del tiempo.

 

Messi

 

Mi hermano empezó a hablar sobre algo relacionado con Simón Bolívar. Siento que en casa hubo un gran respeto hacía el padre de la patria, quizá porque mi madre era educadora en la Escuela Foción Febres Cordero y nos transmitió perfectamente los símbolos patrios. Yo con poco ánimo de participar me limité a servirme café nuevamente porque luego de una tarde de patear la pelota, lo único que se nos podía ocurrir en el páramo merideño, era tomar más café.

 

La disertación de mi hermano y “ojitos”, un amigo de la infancia que cuando alcanza la sobriedad nos hablamos como si algunas cosas en la vida nunca hubieran crecido, se movía entre lo histórico y la actualidad del momento, tocando temas como las batallas, la moneda, el paso por lo Andes. Realmente sentí que estaba en medio de dos historiadores que, sin fuentes confiables, derrochaban conocimiento y sabiduría.

 

Yo creo que esa conversación vino de la mano de un libro de historia que estaba sobre la mesa del comedor donde nos encontrábamos en aquel momento. Seguramente hablaba de batallas, de amores, de juramentos, de encuentros y tal vez, sobre la traída de los restos de Bolívar desde Santa Marta en Colombia al Panteón Nacional. Y digo tal vez porque el tema también fue abordado con mucha elocuencia.

 

“Ojitos” se levantó a servirse otra taza de café y mientras rodeaba la mesa para tomar asiento, lanzó todos los libros de historia al piso. No físicos, sino la historia de la historia, cuando dijo sin ningún pudor que los venezolanos éramos unos tontos, que Colombia nos había engañado.

 

Se sentó, nos miró y dijo: Tengo una teoría, Colombia nos engañó. Colombia no mandó nunca los restos del Libertador. Nos mandó una “estuata, sí, una estuata”. Nosotros soltamos la carcajada. Nos reímos de su dislexia, no nos alcanzó siquiera para entender su argumento que parecía ir tomando más sentido para él a medida que subía el tono de la conversación.

 

Luego de calmarnos un poco en aquel momento, porque 30 años después nos seguimos carcajeando. Entendimos que nos volvieron a engañar, que no son los restos de Messi en Maracaibo donde disputó su primer juego en una Copa América durante el 2007. Sino una vulgar “estuata” que no honra a nadie, ni a Messi, ni al fútbol marabino, solo a la dislexia del popular ojito.