Maten a la radio
Los eruditos sobre temas sexuales han aseverado que el amor entra a las mujeres por el oído. Ahora entiendo como tipos más feos que yo andan con tremendas mises de la mano. Todo por gozar de una frondosa y envolvente labia, aparte de escribir poemas, habilidad de la que carecemos la mayoría de los mortales.
Y el fútbol es como el amor: entra a los aficionados por el oído. Con todo lo que ha significado el avance del medio televisivo, es sintomático que teniendo la misma imagen en varios canales demostremos preferencia por este o aquel grupo de comentaristas. Algo tiene que existir en la psique humana que nos induzca a una escogencia que nos hace ver y sentir un partido de fútbol de manera diferente con otras voces.
Hubo un tiempo en que la radio con su magia, su capacidad de recrear escenarios y alimentar la creación de mitos, era esa especie de teatro de los sueños. Era entonces una formidable maquinaria que alimentaba el gusto y la pasión por el fútbol de vastas multitudes, añadiéndole con su lenguaje, según el Nobel Mario Vargas Llosa, “una dimensión imaginaria y fantástica a la experiencia de los hombres”.
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El escenario de hoy de la radio del fútbol en Venezuela es grave. Descalificado, devaluado y marginado como medio, ante la casi omnipresencia de la televisión, vive su hora más crítica. Desde las restricciones operativas que han establecido para limitar el contacto con los protagonistas, los elevados costos de movilización para transmisiones remotas y la invasión de espacios por una ralea de personajes oportunistas -inconcebibles en el béisbol o el baloncesto profesional- , el seguimiento del balompié doméstico se ha vuelto un verdadero viacrucis.
Pudiera como profesional del medio radio con muchos años, hacerme la vista gorda e ignorar los padecimientos de mis colegas. Disfruto de la comodidad que me brinda ser parte de un circuito de transmisiones de un equipo que atiende mis necesidades básicas. Pero más de una vez, me he metido en la camisa de quienes a fuerza de grandes sacrificios sostienen programas diarios, hacen trámites de líneas CANTV, arriesgan micrófonos y cónsolas, viajan a otras plazas, no cuentan con cabinas adecuadas y pueden retornar molidos sin haber incluso dicho una palabra por una bendita cadena presidencial.
La orden parece ser: “maten a la radio”. Un sicariato que, gracias a Dios -aunque no han faltado vetos- no ha apuntado directamente a la carne de quienes ayer como hoy persisten en colocar a la radio al servicio del fútbol venezolano. Un fútbol que para unos cuántos parece comenzó a existir con el boom Vinotinto, sin haber transitado por aquel drama de las líneas muertas, los demoledores viajes por tierra y los hoteles cero estrella en el que siempre nos encontrábamos a dirigentes, técnicos y jugadores dispuestos a compartir solidariamente el mismo pan.
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Tiempos de tecnología. De Internet, Twitter, Facebook, Instagram. Donde la vida transcurre en 140 letras o un poco más. Donde el verdadero Site, el estadio, sigue reclamando la presencia de los aficionados, de la familia, de los amantes del fútbol. Fanáticos virtuales, convertidos en miles de seguidores de páginas de aquí y allende las fronteras. Gente que en apariencia está enterada de todo y no sabe de nada en esa cultura telegráfica sin sentimientos.
La radio, igual, debe reinventarse en estos días. Nada tendrá más fuerza que su mágica presencia en los estadios, cuando los llena estando vacíos, cuando pincela con sus hermosas metáforas un simple juego, cuando rescata a un jugador del anonimato y le pone alas, cuando enamora al oyente y lo hace vivir emociones que salen del alma de narrador, del comentarista, que dejan el aliento en cada transmisión. Todo por el oído, como a la mujer que amamos.
A todos esos baluartes, casi apóstoles de las transmisiones de radio, les invito a no cesar en su tarea, a no arrugar, a seguir llenando con sus gargantas ese espacio que nos pertenece por lucha, esfuerzo y sacrificio. Y con todo, no abandonemos las buenas prácticas: un celular o un Iphone no es un micrófono, muchachos. Que la maten otros, nosotros no…







