Nada sigue igual

 

“Nunca creímos que sucedería / Como consecuencia del progreso y de la porquería / Mira hacia arriba el cielo tiene agujeros / Espero por tu futuro que estés al tanto de la razón”, así comienza “Nada sigue igual”, canción de Sentimiento Muerto. Una banda de rock que caló en el país en la década de los 80’, liderara por el difunto Carlos Eduardo Troconis Troconis, popularmente conocido como “Cayayo”. El tiempo no se detiene y como sociedad creemos que avanzamos, pero a veces parece que retrocedemos.

Una situación muy similar pasa en el fútbol venezolano, que en esta semana se vistió de luto por el fallecimiento de Jesús Berardinelli, quien en vida fuese el presidente de la Federación Venezolana de Fútbol. En medio de un proceso que no quedó nada claro, porque la opacidad es la que gobierna en la tierra de Bolívar. A todas esas preguntas que tenía que responder el directivo yaracuyano ante la justicia, nunca encontrarán respuesta. Siempre mantendré en esta columna la ecuanimidad y no tomaré parte de ninguno de los dos bandos. Pero también defenderé la presunción de inocencia, que desde hace uno años en el ámbito jurídico paso a ser presunción de culpabilidad en este país caribeño.

Antes de continuar estas letras, quiero mandarle fuerza y mi más sentido pésame a los familiares y amigos de Berardinelli, que en medio de un 2020, donde las buenas noticias parecen extraviadas, a ellos le cayó la peor de todas, una que es irreparable. Compartí con el directivo y parte de su familia breves momentos en la inauguración del Centro Nacional de Alto Rendimiento en San Felipe, Yaracuy. Dicho sea de paso, uno de sus tantos aportes al fútbol femenino. No había que interactuar mucho con el ingeniero para descubrir la fuerza de su carácter, que le llevó a conseguir enemistades en el camino de la lucha política. Pero también vi grandes muestras de afectos con los suyos, quienes lo quisieron profundamente.

La realidad es que el conflicto, que parece no caducar luego de las elecciones en la FVF del año entrante, llegó a un punto álgido. Una guerra a muerte, literal. En todo esto el más vulnerado es el fútbol y le seguimos todos los que orbitamos alrededor de él. Se pueden estrenar canchas de entrenamientos, se pueden crear podcast para su difusión, tecnología para mejor la calidad de los jugadores o intentar abrir espacios para hablar del juego. Pero el sismo en las oficinas cada vez es más fuerte, las réplicas son imposibles de atenuar en el resto. Cabe destacar que no es un problema criollo, solo basta ver como en medio de la pandemia los despachos de nuestros vecinos en Conmebol también arden.

Las partes tienen que izar una bandera blanca y llegar a puntos de acuerdo. El deseo ciego por poder no puede continuar su marcha como un camión sin frenos en una bajada. Por el sencillo hecho que por esa ruta serán los reyes de la nada. No quedará donde ejercer esa fuerza. Será como conquistar un territorio con una tierra estéril. Un triunfo pírrico, por donde se le vea. Si una lección les puede dar el fútbol es que nadie gana solo, ni siquiera ese mito bien fundamentado del Maradona del 86’. El “10” tenía al lado a figuras como Jorge Valdano, Sergio Batista, Oscar Ruggeri, Jorge Burruchaga o Ricardo Bochini. Separados perdemos todos.

En un mundo binario, donde las redes sociales han sacado el radicalismo a relucir, el dialogo suena a pecado. La gente del fútbol solo quiere soluciones. Solo con un ente rector bien ordenado se podrá afrontar el tremendo reto que representa el regreso del fútbol en un país donde la COVID-19 cada vez campea más por las ciudades y las plantillas. El último en informar contagios fue el Caracas FC, que debe disputar la Copa Conmebol Libertadores. Por El Nacional nos enteramos de que dieron positivo seis jugadores y dos personas del cuerpo técnico, ya que en el comunicado oficial de los avileños no se informaron esos datos. Un club modelo en muchos aspectos, pero que a veces se contagia de la opacidad tan común en el país.

Si bien no soy un defensor a ultranza de la frase “el fútbol es un reflejo del país”, sí creo que la nación vive sus horas más oscuras con una crisis (política, social, económica, sanitaria, etc) que, inevitablemente, permea en el resto de los espacios de la sociedad, entre ellos el balompié. A la angustia que representa cumplir la cuarentena –muchas veces sin luz, agua, gas doméstico y/o Internet –, los futboleros vemos como lo que sucede en los despachos desentona con lo deportivo. El crecimiento constante ha llevado que cada generación esté mejor preparada que la anterior, por lo menos hasta ahora. Y es que antes había –mucho– talento, pero ahora hay las herramientas para ser subcampeones del mundo sub-20.

Los países no se acaban y el fútbol tampoco. En una dinámica de exceso de información, promovida por la era digital, Venezuela es un país lleno de titulares y el deporte le sigue el paso. Suceden tantas cosas al mismo tiempo, que da la sensación de que no ha pasado nada. Pero el tiempo sigue corriendo y quedan cicatrices, a veces heridas abiertas, que en perspectiva histórica harán que nuestros hijos o nietos se lleven las manos a la cabeza y nos pregunten: ¿Cómo llegamos hasta aquí? Lo más doloroso es que muchas veces no sabremos ni qué responder.

“Esto no durará mucho tiempo / Esto no durará mucho más / Creo que no te ayudo si no te entiendo / El tiempo pasa y nada sigue igual”, es el coro de esa canción de Sentimiento Muerto. Todo sigue cambiando, todo sigue evolucionando y no siempre para bien. Sueño con el día que escriba estas líneas y se pueda de hablar de un viraje. De redactar el inicio de un cambio que nos permita ser mundialista en nuestras oficinas, tantos federativas como de los clubes. Mientras tanto busco consuelo en las buenas noticias, esas que nos regalan los legionarios. Esas historias de superación como la de Mario Rondón, que una extraña lesión parecía jubilarlo y hoy es campeón en Rumania. La de un Fernando Aristeguieta que escribe historia con tinta vinotinto en Mazatlán.  O la de dos jovencitos (Jefferson Savarino y Yeferson Soteldo) que tienen a Brasil enamorado de su juego. 

 

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