Un extraño juego amistoso

 

Ese día llegamos casi todos juntos aunque de manera gradual. Primero Chicho, luego yo, a 20 pasos de él y sucesivamente Juan, Jorgito, Daniel, Pedro, Omar hasta completar el equipo completo.

 

Siempre faltaba alguien para esos juegos amistosos, pero a ese juego en particular y por una especie de designio divino, nadie faltó como para que no quedaran dudas. Entramos a la cancha y no vimos presencia alguna de nuestro “anfitriones”, aunque afuera reposaban balones, conos y parales de entrenamiento, y pudiera asegurar que uno de ellos aún se movía.

 

No nos sorprendió tanto su nivel de organización como lo que estábamos por presenciar. Aunque Jorgito, que siempre demostraba admiración por cualquier cosa se fijó que los conos eran nuevos y que los balones también. Y finalmente concluyó y lo dijo en voz alta y como siempre demostrando expresividad en su comentario ¡Todo es nuevo! y sonrió.

 

Me extrañó que para un juego amistoso mostraran todo su arsenal nuevo, de paquete, pero eso no era lo más importante, eso era intrascendente para lo que no sé ni cómo concluir. ¡Llegamos! les gritamos todos en coro aunque con un desorden vocal espantoso, ¡O nos tienen miedo! dijo Chicho y lanzó una seca carcajada, que provocó un eco hasta temeroso, seguido por un cúmulo de risas de nuestros jugadores.  Iván, el melenudo del equipo fue el primero que puso cara de extrañeza y con ese mismo tono preguntó. – ¿No hay nadie?

 

Todos nos miramos y se multiplicaron las caras de extrañeza, incluyendo la mía. Daniel, siempre un obrero, de esos que opinan poco pero incansable en el quehacer y sin que nadie se lo pidiera, se va al cuarto que hacía la función de camerino. Entra y aunque esperábamos que saliera con los rivales de turno o al menos con algún tipo de información, no salió nadie.

 

Jorgito, expresivo como siempre grita casi a nivel desgarrador “Danieeeeel”. Uno o dos minutos después entramos al lugar y vimos a Daniel observando los termos de agua cuyo contenido aún pendulaban como si las acabaran de servir o al menos de manipular y aseguró que el balón estaba rebotando al llegar.

 

Y no fue sólo él, todos las vimos y no entendimos como podían moverse si allí no había nadie.  Pero dónde estaban, ¿cómo podían esconderse 20 personas en un lugar que ni en teoría tenía para ocultarse? ¿Cuál era el motivo? Por qué iban a dejar toda su indumentaria nueva en la cancha?

 

Jorge salió corriendo del lugar cuando escuchó como si un autobús frenara fuertemente, pero al salir no vio nada y todas las alarmas de los vehículos alrededor de la cancha se activaron y fue cuando él se dio cuenta que los carros de los profesores del otro equipo aún estaban en el lugar, lo que nos hizo pensar que nadie se había ido, que todo nos parecía tan extraño como curioso.

 

A unos nos empezó a invadir la incógnita a otros los atacó el miedo. ¡Vámonos! Grito Jorge nuevamente y de inmediato se apagaron las alarmas de los vehículos que segundos antes se habían encendido. Nadie movió ni sus lenguas ni sus piernas, todos estáticos, todos inmutados. Cada quien empezó a manejar hipótesis mentales y Daniel corrió detrás del supuesto camerino para disipar el último escondite que pudieran haber utilizado.

 

Aunque quería caminar, el miedo de apoderó de mí. Sentí que todos habíamos hecho un esfuerzo más allá de lo normal para mover la lengua. Nuevamente Jorge, fue el primero en hablar. ¡Vámonos repitió! Y el sonido ensordecedor de las alarmas se activó nuevamente. ¡Cállate! le dice Daniel ya descompuesto, quien con su grito volvió a silenciar las alarmas. Una nube sombría se posó sobre la cancha y una brisa leve, pero con gotas asesinas cayó en sólo segundos.

 

Las piernas sólo nos dieron fuerza para entrar al camerino y así cubrirnos de la lluvia. Daniel, asombrado y en silencio señaló a los potes de agua, cuyo contenido se seguía moviendo con la misma intensidad que la primera vez. Jorge nos reunió y seguidamente empezó a discernir lo que pudiera estar ocurriendo. Todos con cierto grado de incredulidad comentaban hipótesis en las cuales el secuestro en masa pudiera ser una posibilidad, y aunque era temerosa, no era la peor.

 

Nuestro entrenador aún no había llegado y sentimos que esa posibilidad se alejaba porque no podía trasladarse con la fuerte lluvia, aunque a pesar de la intensidad de la misma, desapareció de inmediato. Chicho salió despavorido del lugar y todos lo seguimos rápidamente. En segundos, el camerino se despejó totalmente, símbolo inequívoco de que el temor ya nos había invadido en pleno.

 

Al llegar el profe, sentimos un alivio porque quizás era la persona a quien le podíamos contar todo el manejo de emociones que acabábamos de vivir. Él arriba corriendo a la cancha y de inmediato nos pide disculpas por la demora, pero al mismo tiempo nos pide que nos organicemos en la cancha que usáramos la misma alineación del juego pasado.

 

Él se va el centro del campo y simula hablar con alguien más, sonríe y se acerca al camerino como si quisiera pedir disculpas y se retira diciendo gracias. Todos nos miramos extrañados con el deseo de saber que pasaba por su mente, se acerca a nosotros y nos pregunta porqué no estamos alineados y listos para jugar. Nadie dijo nada, y aunque pensábamos que alguien tendría una explicación, nuestra confusión aumentó.

 

De pronto nos mira seriamente y nos pregunta ¿Qué les pasa? Acaso han visto a un fantasma. Cuando Jorgito iba a hablar, le reprime diciéndole que no había tiempo, que ya el árbitro iba a comenzar. Un ensordecedor pito suena y rompe el silencio y espasmo. Pero el sonido no paraba de sonar y aunque disminuía su intensidad, no dejaba de ser molesto.

 

Una corriente de aire que hacía presagiar otra fuerte lluvia, trajo consigo un arrebato de recortes de prensa que expresaban cómo el equipo Central FC, había perecido por completo cuando viajaban en bus a disputar un juego amistoso años atrás y siempre conmemoraban aquel hecho con un “juego amistoso”.

 

Jorgito ve la foto del equipo, detalla la fecha y se da cuenta de que el accidente había ocurrido hacía exactamente 25 años. El profe reconoce que la foto coincide con el mismo equipo que lo invitó a jugar el amistoso, mira al centro del campo nuevamente  y se da cuenta que no había más nadie en la cancha, sólo su equipo.

 

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