¿Y si no es en 2026?

 

“I have a dream (tengo un sueño)”, es una de las frases más recordada de Martin Luther King, que a su vez es el título de su discurso más célebre. Lamentablemente, con la Vinotinto diría: “i have a nightmare (tengo una pesadilla)”. De “Receta para no clasificar al Mundial” y “Tennos paciencia, Don José”, nace un nuevo temor: dilapidar una generación dorada por desaciertos dirigenciales. Un error que puede pasar factura por muchos años.

 

La camada de los héroes de Corea del Sur 2017 estará en plena madurez en la ruta a Estados Unidos, Canadá y México 2026. Muchos son ya la columna vertebral de la selección: Wuilker Faríñez, Nahuel Ferraresi, Yangel Herrera y Yeferson Soteldo. Se le pueden sumar los: Ronald Hernández, Sergio Córdova, Jan Hurtado, Christian Makoun, Samuel Sosa y Adalberto Peñaranda. Pero también sería un buen momento para los del Sudamericano sub-20 de 2019, que quedaron a solo tres puntos del Mundial. De esa camada está consolidado Cristian Cásseres Jr. Pero también se le pudiesen sumar los: Miguel Navarro, Pablo Bonilla, Brayan Palmezano y Jesús Vargas.

 

¿Se puede vivir de una buena camada? No, lo normal es que se consoliden dos o tres, que sería un éxito. Pero hablamos que en menos de un lustro ya son la columna vertebral y resuelven el problema del recambio generacional. Luego están otros que no disfrutaron de un Mundial juvenil que asumirán el rol de veteranos para 2026 por edad: Josef Martínez, Darwin Machís, Yordan Osorio, Junior Moreno, entre otros. En el camino aparecerá un José “Brujo” Martínez o Eric Ramírez que no están en los papeles de nadie, pero pueden aportar mucho.

 

Bastante se ha leído que “a 2026 va cualquiera”, por el aumento de cupos de 32 a 48 países para la cita en Estados Unidos, Canadá y México. Pero, ¿Cuántos cupos le darán a Conmebol? Hablamos de una confederación de 10 equipos de la cual ya clasifican cuatros de forma directa y uno a repechaje. Asia (47 naciones) y África (54 países miembros) significan muchos más votos en FIFA. Imagínese el cálculo político de darles más espacio a unos países que hoy reciben 4,5 y 5 cupos, respectivamente. Le sumamos que el fútbol sudamericano se ha alejado mucho de UEFA, aunado a los papelones frecuentes: final de la Copa Libertadores 2018 en Madrid, la incertidumbre en la sede de la Copa América 2020 (celebrada en 2021 por la pandemia) y el no partido entre Brasil y Argentina por las eliminatorias a Catar 2022.

 

Entonces partamos de la base que otorguen un cupo completo, cinco van directo y el sexto al repechaje. ¿Venezuela alguna vez ha quedado sexta desde que se juega este formato, con los 10 equipos en disputa? No. Francia 1998 quedó última (10), Corea y Japón 2002 fue penúltima (9), Alemania 2006 fue antepenúltima (8), Sudáfrica antepenúltima (8), Brasil 2014 de sexta* (6) y Rusia 2018 de última (10). Camino a la cita en suelo amazónico quedó sexta, ciertamente, pero faltaban los pentacampeones del mundo. Si hacemos un ejercicio de fútbol ficción basado en la premisa de que los brasileños nunca han faltado a un Mundial, ese camino a 2014 equivaldría a una séptima casilla.

 

A que se quiere llegar con todo lo expuesto, sencillo, Venezuela tiene que hacer el mejor Premundial de su historia para, si acaso, ir a un repechaje. Como también se mencionó antes hay una generación dorada que estaría a plenitud para este reto mayúsculo. ¿Qué falta? Trabajo. Que el próximo entrenador que se elija, ya sea criollo o extranjero, de “jerarquía” o de proyección pueda llevar adelante un proceso. Rehuyó de la palabra proceso, un término muy manoseado y que implica una labor más estructurada.

 

El proceso consistirá en apostar por un fútbol más de transiciones (lo que abunda en la Liga Futve, donde salieron casi todos estos jugadores), de tener el orden como prioridad y atacar los espacios. En el golpe por golpe tiene las de perder Venezuela. ¿Posesiones largas? El perfil de los volantes de la Vinotinto son más box to box, ganadores de duelos individuales y con buena pegada para buscar a los extremos al espacio, además de buen remate fuera del área. El perfil del entrenador tiene que ser un estratega que potencia lo bueno de la selección y que disimule las debilidades, que se logra con amistosos. No un trofeo para que la directiva presuma de su CV, de lo estético que juegan sus equipos o lo complicado que fueron las negociaciones.

 

¿Por qué es tan importante ir a 2026? Porque el futuro inmediato es oscuro e incierto. Ya en 2027, llegarían los chamos que se criaron en un país de escasez e hiperinflación. Donde los problemas nutricionales dirán presente. Los clubes lo podrán paliar los casos de un puñado de niños que vean con proyección y acobijen bajo su manto. ¿Pero se puede saber cuándo un niño de 8 años va ser un Venex? Pero no es solo la alimentación, sino también la educación escolar. Menos capacidad cognitiva. Capaz para muchos esos argumentos sean baladí, argumentarán que muchos llegaron sin pasar de sexto grado y con una alimentación precaria, criados en los barrios más peligrosos y desamparados del país, omitiendo olímpicamente que fue en medio de la Venezuela de las bonanzas petroleras y no de las vacas raquíticas.

 

Entiendo, pero el tema es que el cóctel no termina. ¿Quién los entrena? Las escuelitas han sufrido una fuga de cerebros. Los que se quedan ya no tienen la posibilidad de ir a prepararse en Argentina o pagar un curso de más de 100 dólares en Conmebol. Ahora súmele dos años de parón absoluto de la Serie Elite (ahora llamada Liga Futve Junior) por la pandemia. Otro dato, en 2020 no se realizó la fase final del Torneo Evolución sub-13 masculino nacional, ni la sub-14 y sub-16 femenina. Venezuela fue el único país en no ir a la Fiesta Sudamericana de la juventud en unas fechas que ni se tenía idea de qué era el coronavirus. ¿La razón? Una gran pregunta que nunca tuvo respuesta.

 

Esa fase nacional sub-13 masculina de los Torneo Evolución nutre a la sub-15 de Venezuela. Pero, el país no tiene entrenador sub-15 desde 2019. Recientemente salió Martín Carillo de la sub-20 y tienen más de un año sin darle un módulo a Frank Tamanaco Piedrahita en la sub-17. Pero es que la Liga FUTVE cada vez tiene menos tiempo efectivo comparado con sus vecinos de Conmebol. Son pocos los importados de abolengo y sí muchos los juveniles que se terminan de formar en primera división –saturada de clubes con respecto al material que se produce–, aunado a veteranos que estiran sus carreras ante el éxodo masivo.

 

Una salida de jugadores debido a que son apetecibles para el mercado por relación calidad-precio. Todos buscan ver si se sacan la lotería con el nuevo Soteldo. El jugador acepta porque está hastiado de las deudas, situación país y no le importa cobrar menos, cuando hace una década muchas instituciones pagaban sueldos desproporcionados, que forzaba a los equipos foráneos a hacer ofertas económicas que no estaban dispuestos a hacer.

 

Hay un crecimiento y el pasaporte pesa menos, eso es innegable. Algo se hizo bien. Pero en una liga más robusta en lo económico y competitivo, la salida de jugadores –muchos se van libres– no sería el primer argumento para enaltecer el torneo. La última pieza son los hijos de la migración.  Para 2027 muchos talentos de las juveniles y de la absoluta serán hijos de un éxodo que apunta a dejar corto el número de migrantes de Siria (país en guerra y no económica). Una cifra que hoy en día excede los cinco millones y que pueden llegar a ser 7 millones en corto tiempo. De ahí tiene que pescar la Vinotinto, el detalle está en convencerlos con razones más allá del chovinismo.

 

Si se siguen dando bandazos en las oficinas a la hora de tomar decisiones deportivas, será complicado convencer a un talento diferencial para que venga a Venezuela y no a: Colombia, Perú, Chile, Ecuador, Estados Unidos, España, etc. Vendrán los que no tengan espacios en esos países, pero no necesariamente los mejores. Otros incluso preferirán quedarse en su caso si el caos los ahuyenta. O se aprovecha la generación de oro para 2026 con un técnico que tenga un proceso o nos quedaremos como Penélope esperando en el andén.

 

Las nuevas generaciones llegarán con problemas nutricionales, cognitivos, sin los entrenadores con las mejores herramientas y una pandemia de por medio. Sin argumentos para convencer a los mejores talentos que surjan de los hijos de la migración. Con el reto de quedar sextos, que no se hizo en los mejores procesos (Richard Páez y César Farías). Con una FVF que no está boyante en un país que necesita un milagro económico y 10 años para volver a cierta normalidad (por lo menos tener indicadores más similares a los de sus vecinos y no a los de países africanos, como sucede actualmente). ¿2030? Lo veo mucho más complicado que en 2026.

 

Un Mundial cambia muchas dinámicas, por eso la elección del DT que va a tomar las riendas para ir a Estados Unidos, Canadá y México es vital. Todo o nada. O se cambia el curso de los hechos o todos tendremos pesadillas. De todo corazón, espero que las próximas decisiones sean fundamentadas con argumentos futbolísticos y no en traer un entrenador de “jerarquía” que no sea congruente a lo que se tiene. Capaz decir esto en 2021 parece alarmista o se pueda pecar de caer en fuera de juego. Soy el primero que me tragaría estas letras con gusto. Pero, ¿Y si no es descabellado, sino realista? Tocará hacer ejercicio y comer verduras, porque habrá que vivir bastante para llegar a escuchar el Bravo Pueblo en una cita ecuménica, sino se va en 2026. 

 

Comentarioa a Luis Vílchez @lvilchez8